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 Experiencias durante la Dictadura

4º Premio
SEMILLAS EN LIBERTAD
Rufino Selva Guerrero Enviar mensaje

SEMILLAS EN LIBERTAD

Esta es una de tantas historias. Ésta es de humildes y sufridos luchadores que sembraron su sangre y sus huesos en la tierra en que vivían. Sus sacrificios no fueron baldíos; dejaron su semilla fructífera y hoy, aunque tarde, se les honra y se les reconoce su valor y entrega a unos ideales de mayor justicia social y de igualdad para todos; en suma, los valores y sentimientos socialistas, que sus descendientes mantenemos con orgullo.

Eduardo Selva Alarcón, mi abuelo, nació en La Gineta (Albacete). Tuvo cuatro hijos: Pedro, José, Paco (mi padre) y Severiano.

En 1939 termina la guerra, pero no empieza la paz. El abuelo Eduardo, junto al tío José (militantes socialistas), en compañía de cientos más, son ingresados, sin haber sido previamente juzgados, en el Penal de Chinchilla, pueblo que se reconoce como de los más fríos de España.

El Penal se encuentra en la cima de un cerro, al cual se llega por una larga y empinada cuesta. José ayudó en la subida a su anciano padre, llevándole el petate, sólo cuando los guardias se lo permitieron. Al llegar a la cárcel, fueron obligados a desnudarse y a tomar una ducha de agua. Fría, naturalmente. Dos días después, desaparece el abuelo Eduardo, suponemos que enterrado en alguna fosa común desconocida. Hoy seguimos ignorando el paradero de sus restos.

José queda en prisión. Su esposa fallece de sufrimiento y hambre, deja dos hijos solos de 7 y 5 años, respectivamente.
Severiano, más joven, soltero, es enviado a un campo de concentración.

Paco, mi padre, que era Guardia de Asalto, terminada la contienda civil, continúa prestando servicio, hasta que denunciado, es condenado a ocho años de cárcel, por “auxilio a la rebelión” y enviado a la cárcel de Santiago de Compostela, deja tres hijos de 6, 5 y 3 años.

Pedro trabajaba como “mozo de mulas” en la aldea cercana al pueblo denominada La Grajuela. No había ido a la guerra, por un problema de visión, arrastrada desde la juventud. Militante socialista, como toda la familia, ocupaba el cargo de Presidente de la Casa del Pueblo de La Gineta. Ese fue su delito.

Terminada la guerra, Pedro es detenido y conducido a la plaza de toros de Albacete, donde se concentraban los que iban siendo arrestados y que previamente, habían sido denunciados por los vencedores, a la espera de que fuesen juzgados.

El caos reinante en la plaza de toros permite su huída a Cartagena, con la idea de tomar un barco camino del exilio. Allí es visto por algunos paisanos. El temor a dejar abandonada a su familia, pudo más que el deseo de supervivencia, por lo que, andando 222 km. por la noches regresa a casa, donde entre su mujer y su hermano Paco, le esconden. Comienza una vida en voz baja, como tantos “girasoles ciegos”.

De inmediato, empiezan las pesquisas de la Guardia Civil para su localización y detención (no hace falta decir para qué), ayudados por las fuerzas vivas del pueblo.

Por la noche, en su casa (la mía), mi padre, Paco, había cavado un pequeño zulo en la cuadra de las mulas, debajo de un camastro, tapado con una trampilla. Se cubría con los excrementos de los animales y se ventilaba por los orificios de una conejera que daba al corral. De dimensiones mínimas, insalubre, incómodo y peligroso. Allí pasó Pedro, largas temporadas. Algunas noches, cuando se comprobaba que no había merodeadores, salía, daba un paseo y se aireaba el habitáculo. Para mayor seguridad, en casa de mi tío Pedro, se había construido, por la noche, naturalmente, un escondrijo en los caramanchones de la chimenea. Los traslados de una casa a la otra, se hacían de noche y con sumo cuidado, para evitar ser descubiertos.

Se convirtió en tema de tertulia local: todo el mundo hacia cábalas sobre su paradero. Y así, unos le habían visto en Francia o se le situaba luchando con los maquis o le vinculaban con los robos o desmanes que se producían en los pueblos de los alrededores. Igualmente se le convirtió en el causante de todos los males. Los rumores circulaban por doquier y a los chavales nos contaban mil historias; como que se había especializado en la fabricación de todo tipo de venenos, menjunjes y pócimas, que eran, con toda seguridad, la causa de que a un vecino se le muriese una mula o que su cosecha ese año muriese de un pedrisco. Él era el presidente del PSOE en el pueblo, motivo de orgullo para muchos, pero para otros pesaba más el deseo de mancillar a los rojos.
Las viviendas estaban continuamente vigiladas; cualquier sospecha servía para denunciar en el cuartelillo y, seguidamente, se producía el correspondiente registro por la Guardia Civil. Muchísimas veces, armas en mano, recorrieron ambas casas. En demasiadas ocasiones, ojos y disparos hechos al azar, pasaron a centímetros del paralizado escondido.

Mientras tanto, hijos y sobrinos contemplaban aterrados los registros, pero nunca dieron motivo de sospecha ni con palabras ni con gestos. Los interrogatorios a los familiares eran permanentes y se usaban los métodos más brutales que se conocían.

La más acosada era su esposa. Preguntada por su paradero, siempre contestaba que la pista la habían perdido en La Unión, camino de Cartagena, donde se supone embarcó hacia un país desconocido, sin haber recibido más noticias suyas. No satisfechos con las respuestas de la esposa, sin más, fue condenada a muerte, pelada al cero e ingresada en la cárcel de Albacete, dejando en la calle a cuatro hijos de 11, 9, 7 y 3 años.

Mi padre, Paco, estaba en prisión. Mi madre, María Josefa, se hace cargo de los tres hijos de ambos, de la anciana suegra, del escondido “topo” Pedro, con sus cuatro hijos y dos más de José. Comenzó así una etapa de sufrimiento, miseria y hambre que, siendo una manchega alta, fuerte y poderosa, terminó pesando 36 kilos; pues, si para toda la familia a su cargo había poca comida, para ella apenas quedaban las migajas de casi nada. Los niños, 9 primos, rebuscaban lo que había por el campo; todo servía para intentar paliar el hambre: nidos, pájaros, espárragos, setas, collejas, bellotas, piñas… lo que fuese.

Al año siguiente, consiguieron un pequeño cerdo que, con la hierba que recogían del campo los pequeños, pudieron criar. El día de la matanza, cuando estaba mi madre preparando los embutidos y salando los jamones, llegó una pareja de la Guardia Civil con un carro, con la idea de requisar el cerdo. Como leona cuidando su prole, su reacción no se hizo esperar: “¡Antes que llevaros la comida de mi familia, tendréis que acabar conmigo, de otra forma, ni un chorizo, ni un chusmarro sacareis de aquí!”.

Evidentemente, no toda la Guardia Civil se comportaba igual. Estos se fueron de vacío, a casa de otros “rojos” más condescendientes, donde conseguir comida para los suyos, ya que con el sueldo que cobraban del generalísimo no era suficiente y debían de completar el sustento de formas tan poco ortodoxas.

En los siguientes años, con las cartillas de racionamiento, las comidas en el Auxilio Social y la paulatina, goteada, puesta en libertad de los distintos miembros de la familia, fue permitiendo que los niños volvieran a sus respectivos hogares, e intentaran rehacer su vida.

No les fue fácil. El colegio público estaba vetado a los hijos de los rojos, que no podían compartir aula con los triunfadores de la Santa Cruzada. Salir a la calle, equivalía a recibir palizas, pedradas e insultos de los hijos de los triunfadores, más mayores y mejor alimentados. Jaleados y animados por su padres (eran chiquilladas, según decían) sabían que no opondrían resistencia, conocedores de que si se defendían y devolvían golpe por golpe, por la noche, la Guardia Civil llamaría a sus padres y les mediría las costillas debidamente. De vez en cuando, alguno de mis hermanos, más impulsivo pese a su corta edad, se tomaba la justicia por su mano, la única posible, tratando de evitar que mi padre se enterara. Mi padre, al día siguiente era marcado en el lomo.

Los rojillos, al terminar sus labores en el campo, asistían a clases particulares nocturnas, que impartían los antiguos maestros de escuela que, por haber defendido la República, o por no haber apoyado el Alzamiento Nacional, habían sido apartados de su trabajo y ejercían la docencia de forma clandestina, cobrando en especies, cuando podían.

La normalidad fue llegando a casi toda la familia Selva, excepto en mi casa, con Pedro, el huido, el “topo”, que veía, o le contaban, cómo pasaban los años, sus hijos se casaban, su madre y su hermano José fallecían, su familia crecía y su situación no mejoraba.

Corría el año 1950, cuando en mi casa, llena de gente que venía a comprar el vino que hacíamos, yo, con 6 años, descubro a mi tío, del que sólo había oído hablar tropelías de los fascistas. Lo encontré escondido en el pajar de mi casa, tratando de ocultarse a mi vista. Ignoro cómo, ni porqué, pero en lugar de asustarme y gritar, como hubiese sido normal, me encaminé hacia él. Todavía no sabía quién era, pero entablamos una larga conversación.

Cuando la casa se queda vacía de gente, les cuento a mis padres el encuentro y la sorpresa que recibieron fue enorme. Esa misma noche se reunió la familia, para ver qué camino se tomaba, al haber un niño tan pequeño conocedor de unos hechos que, de divulgarse, afectaría a todos los familiares mayores. Se confió en mi prudencia y que sería, como lo habían sido los demás pequeños anteriormente, cauto, para no descubrir nada. Yo no podía entonces comprender el alcance de lo que hubiese sucedido, si el “topo” hubiera sido descubierto. A partir de ese momento, se estableció con mi tío Pedro una relación más allá del vínculo familiar. Mis ratos de ocio los pasé a su lado. Él fue de gran ayuda en mis deberes escolares.

Era muy culto para la época. Aficionado a la lectura, tenía gran facilidad para escribir en verso y gozaba de una memoria prodigiosa. Recuerdo cómo me entretenía con Los Doce Pares de Francia, Roldán, su espada Durandarte, su cuerno el olifante, sus peleas con el gigante Fierabrás y su bálsamo milagroso. Los relatos de escenas del Felón Conde de Ganelón, del Quijote y otros, se convertían en mis mejores pasatiempos.

La incomodad de su “residencia”, lo poco que se comía, si se podía o la falta de horarios regulares, fueron mermando su estado físico hasta hacerle sufrir fuertes dolores abdominales. Naturalmente, no era posible llevarlo a un médico, por lo que se ideó que le refiriese a su hijo sus dolencias y éste se las contase al médico como propias. Así, las medicinas que le recetaban al hijo, se las tomaba el enfermo. No siempre funcionó esta solución y en más de una ocasión, ante el deterioro de su enfermedad, hubo juntas familiares, para determinar qué se haría en caso de fallecimiento, que se preveía inminente. Las soluciones aportadas fueron de lo más variopintas, pero no se podía hablar nunca de darle un entierro decente, dado que tras él, serían “ajusticiados” el resto de familiares.

La familia de Pedro emigra a Valencia, como tantos manchegos, en busca de mejor suerte, continuando mi tío escondido en mi casa con todas las precauciones tomadas.

Ya en el invierno del 57, se decidió su traslado a Valencia, con su familia, siendo el viaje una concatenación de aventuras. Para evitar ser reconocido en la estación del pueblo, lo llevan a Albacete en bicicleta, va provisto de una cédula de identidad, a nombre de José, pues aún no estaban en vigor los DNIs. Por seguridad, se le busca un departamento vacío en el tren. Justo antes de salir, llega la pareja de la Guardia Civil, que siempre viajaba en ellos, y se sienta a su lado, estableciendo una conversación, que dura hasta el fin del trayecto sin que se les ocurra identificarlo. Una vez en Valencia, su vida mejora notablemente, teniendo a todos sus hijos a su lado, aunque sigue viviendo en el silencio de una habitación disimulada, podía desaparecer, cuando recibían alguna visita inesperada. Se atrevía, de vez en cuando, a dar paseos por las calles de los alrededores, disfrazándose cada vez de una manera distinta.

En el año 68, Franco dicta un indulto, al que pensamos que podríamos acogernos. El 21 de septiembre de dicho año, mi tío se persona en la Comisaría de la Policía de Albacete, dándose a conocer. Le suceden tres días de retención, pero sale en libertad, pese a las denuncias y trabas que pusieron los fascistas del pueblo, aun con los años transcurridos. Poco le duró la libertad y la paz. En el año 1970 fallece.

Paco, mi padre, lucha entretanto por su familia y, en la clandestinidad, junto a unos pocos socialistas, inician la reconstrucción del Partido, que ya habían ido planificando en años anteriores. Encabeza la lista del PSOE en las primeras elecciones democráticas, logrando solamente un acta de concejal: la suya. Comenzó en solitario su labor política, como antes había hecho Pablo Iglesias. Siendo Secretario General del Partido hace valer su único voto en el Ayuntamiento, para llevar a cabo una labor ingente, que todavía es reconocida por sus vecinos. Se juntó a otros de la Ejecutiva de Albacete, consiguiendo la consolidación del Partido, fue pueblo a pueblo, para reclutar “cuadros” que tanto nos faltaban, en Salobre hizo grandes amistades e incorporaciones.

Posteriormente, llegaron las mayorías absolutas para gobernar en el Ayuntamiento, como en la actualidad. Le nombran Presidente de su agrupación, cargo con en el muere. Yo, su hijo, consigo acta de Concejal del PSOE en San Vicente del Raspeig, en la legislatura 87/91, siempre en el Partido. Actualmente, como lo fue mi tío y como lo fue mi padre, soy el Presidente del mismo. Hoy uno de los reclutados de Salobre es el Presidente del Congreso de los Diputados. Mi hijo Rufino Selva, encabeza la lista del PSOE en San Vicente del Raspeig (Alicante), siendo actualmente concejal y Portavoz del Grupo Municipal en ese Ayuntamiento.

En el Congreso quedan las huellas de unos tiros que aún nos avergüenzan. En mi casa también conservamos aquellos agujeros de bala, como testimonio orgulloso de que allí hubo semillas de libertad. Muchas de aquellas semillas germinadas en fosas comunes como la de Chinchilla, viven en libres, para honor y gloria de esos luchadores. De ellos apenas sabemos nada, pero lo que sabemos nos basta y les basta: murieron por su patria.

Andrés Selva Alfaro.
Agrupación PSOE San Vicente del Raspeig (Alicante)

 


Comentarios
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Viernes, 04 de Diciembre de 2009
Andrés: comparto mucho de lo escrito en este relato: procedencia albaceteña (Alcaraz), y una historia familiar similar. Un duro pero bonito relato. Saludos
Ricardo Serra Segura
 
Jueves, 10 de Diciembre de 2009
Me encantó, lloré y me enterneció el final, tremendo!!!
Maria Tomas Garcia
 

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