

Experiencias vividas durante la República
El paciente y su médico
EL PACIENTE Y SU MÉDICO Entre los veinticinco comensales que hace más de 130 años, aquel lejano 2 de mayo de 1879, celebraron un clandestino “banquete de fraternidad” en la fonda Labra de la calle de Tetuán, a espaldas de la madrileña Puerta del Sol, había dos que man-tendrían su amistad y devoción de por vida, a pesar de las numerosas diferencias for-mativas, sociales, y hasta aspectos ideológicos que les separaban. Y no es que estu-viesen en desacuerdo en las doctrinas que les unían, claro está, como quedaba bien de manifiesto con lo que en aquella reunión se traían entre manos. Los allí reunidos – todos ellos creyentes en los ideales socialistas – pretendían ni más ni menos que, si-guiendo el ejemplo de otros correligionarios de diversos países europeos, fundar un partido socialista de similares características. A uno de estos dos se le conocía por “el Rubio”, y era hijo de un hospiciano, modesto peón del ayuntamiento coruñés de El Ferrol, a cuya muerte, cuando el niño no había cumplido aún los 10 años de edad, se había trasladado a Madrid con su ma-dre y un hermanillo más pequeño, en busca de la protección de un tío carnal de aqué-lla que servía como criado en el palacio de los condes de Altamira. Pero el duro y pe-noso viaje, que les supuso tres inacabables semanas, concluyó con la nueva mala noticia del reciente fallecimiento del familiar. Pocas salidas le quedaban a la pobre viuda en la gran y desconocida ciudad, como no fuera ingresar los dos hijos en el Hospicio madrileño y alquilar para ella un cuartito abuhardillado en la travesía de Cabestreros, a mano derecha según se sube la cuesta de Embajadores y antes de llegar a la iglesia de San Cayetano. Para cubrir sus escasos gastos no hace otra cosa que buscar quien le encomiende lavar en el río sus sábanas así como la limpieza de sus casas. Los niños, por su parte, aprenden en la institución pública los oficios de cajista y zapatero, además de una cierta instrucción general, que en el caso de Pablo se am-pliará también con una constante dedicación a la lectura. A los 12 años, y tras la tem-prana muerte por tuberculosis de su hermano Manuel, deja en Hospicio para trabajar en distintas imprentas, con el único objeto de liberar así a su madre de alguna hora de sus penosos trabajos. No obstante, aún le queda tiempo para completar su formación, incluso con el aprendizaje de la lengua francesa, que tan bien le vendría años más tarde para mantener relación con líderes de otros países y acudir a reuniones obreras internacionales. Interesado desde muy joven por los ideales socialistas, alcanzó pronto puestos de responsabilidad en la Sección Española de la Internacional, de la que fue expulsado a causa del pleito con los bakuninistas, formando junto al resto de los pros-critos la Nueva Federación Española, el primer grupo socialista español. Durante toda su austera y modesta vida trabajó activamente en la difusión de las ideas socialistas, viajando incansablemente, escribiendo artículos y cartas a los compañeros de las distintas agrupaciones o coordinando los numerosos grupos que iban surgiendo en el país. Para ello contó no sólo con El Socialista, publicación por él dirigida, sino con la elocuencia de su palabra que, según aseguran los que le conocie-ron, despertaba la emoción de quienes le escuchaban. “La voz de Pablo Iglesias tenía para mí – escribiría años más tarde Antonio Machado – el timbre inconfundible de la verdad humana”. Uno de los cuatro médicos participantes en aquella reunión era “el Chisteri-lla”, nacido en el seno de una acomodada familia republicana salmantina que le había pagado los estudios en el elitista Colegio Internacional madrileño, para cursar después la carrera de Medicina, siendo el discípulo favorito del famoso doctor Esquerdo. Su compañero de estudios Alejandro Ocina – otro de los comensales, antiguo afiliado a la Internacional –, es quien le ha introducido en los textos de Marx y puesto en contacto con el grupo de Quejido, Iglesias, Calleja y Mora, asistiendo a las tertulias socialistas de los cafés Lisboa y Brillante. Tras obtener la licenciatura y hacer con su padre un largo viaje por el mundo, el eminente doctor Esquerdo le ofrece un puesto de residente en su manicomio de Carabanchel, llegando pronto a convertirse en afamado especialista de enfermedades nerviosas y psiquiatría. Alcanzó enorme prestigio, lle-gando a ser director del departamento de esta entonces moderna especialidad en el Hospital General de Madrid. Tras la comida del 2 de mayo, nuestros protagonistas – Pablo Iglesias y Jai-me Vera –, formaron parte de la comisión redactora del primer programa del partido, teniendo ya sus primeras discrepancias a causa de la denominación de “obrero”, pues pensaba el doctor que sin el adjetivo se podrían dirigir a un colectivo mucho más nu-meroso. A pesar de ello – y quizás como consecuencia de su gran capacidad y forma-ción –, en 1884 es encargado por la Agrupación Socialista Madrileña de la redacción del informe oficial del partido ante la Comisión de Reformas Sociales, lo que constituyó un profundo y riguroso análisis marxista de la situación social en España. Para algu-nos, se trata de la obra más importante que ha producido el socialismo español, sólo equiparable al Manifiesto Comunista. Dos años después forma parte del grupo fundacional del órgano de prensa El Socialista, alejándose nuevamente de Iglesias, quien propugnaba la necesidad de combatir a los partidos burgueses, incluso los de ideas avanzadas. Esta nueva discre-pancia con las tesis pablistas, que sabe mayoritarias en la organización, le aconsejan apartarse de la política activa, a pesar de que siguió colaborando con el partido siem-pre que se le pedía. Su prestigio de neurólogo crece sin cesar, llegando a hacer acertados diagnós-ticos de poliomielitis en casos clínicos entonces desconocidos, pero, enfermo desde 1897, su capacidad de trabajo y dedicación a la causa socialista quedaron muy mer-madas. Desde 1910 ve ya muy mal y apenas sale de su casa, pero colabora con di-versas publicaciones socialistas y acude a cuantos actos es convocado. A pesar de su retorno al partido, las diferencias ideológicas con Iglesias siem-pre fueron notables, como era natural. Aún participando de un mismo ideario, los dis-tintos estratos sociales de procedencia, sus diferentes formaciones y sus alejadas ex-periencia vitales, no podían sino separar intelectualmente a estos dos prototipos de dos mundos tan dispares. No obstante, el común respeto y aún el cariño que siempre se profesaron llevó al doctor Vera a ser durante toda su vida el médico de cabecera de Pablo Iglesias, sin permitir que ningún otro colega ocupara su puesto, pues la salud del “abuelo” siempre fue delicada. Ya en 1900 padeció una grave intoxicación, agrava-da más aún por una evidente inoperancia médica, que fue el detonante para que el doctor Vera no le dejara nunca de sus manos. Desde el invierno de 1914 fueron cada vez más frecuentes las indisposiciones de Iglesias. Tras un fuerte resfriado, pasó 20 días de convalecencia en Torre del Mar (Málaga) aconsejado por Vera. Siguiendo también sus indicaciones, pasó con su mu-jer, Amparo Meliá, en El Escorial casi todo el mes de junio de 1916, aquejado de una dolencia de vejiga, pero regresan a Madrid al ver que su salud no mejoraba. A finales de julio se trasladan a San Rafael, donde han alquilado un hotelito para comprobar si el lado norte de la sierra madrileña le va mejor, pero regresan a finales de septiembre sin haber logrado un alivio apreciable. De nuevo, el doctor Vera le recomienda pasar el invierno fuera de Madrid; hacerlo en Caldetas, al norte de Barcelona. A primeros de noviembre se instalan en una casa junto al mar, pero ni su estancia ni el tratamiento seguido fueron suficientes para devolverle la salud, por lo que, también por indicación del médico amigo, visita en Barcelona al famoso urólogo Dr. Sacanellas, quien le prac-tica una uretrotomía en su sanatorio de Sarriá. Permanecieron en Caldetas hasta mediados de mayo de 1917 pues, a pesar del buen resultado de la operación, sufrió tras ella algunos trastornos digestivos, cola-borando tan prolongado reposo a su restablecimiento. Desde allí bajaron a Valencia, donde permanecerían en casa de la familia de Amparo hasta el 8 de junio, para regre-sar a Madrid, donde sus propósitos de reducir su actividad se fueron al traste por la convocatoria de la Asamblea de Parlamentarios de Barcelona, a la que acude en com-pañía de su ahijado. Los excesos que le suponen esta participación le ocasionaron una nueva recaída, mientras el partido y la UGT organizaban el movimiento de agosto, con la consiguiente preocupación del doctor Vera quien, a pesar de estar ya medio ciego, le visita dos veces al día, dictando a Juan, el hijo de Amparo y ahijado de Igle-sias, las recetas que le prescribía. Tras el memorable triunfo electoral del febrero de 1918, parte del verano lo pa-só en la provincia de Valencia, cerca de Buñol, en la finca de labor de un compañero de partido. Allí recibe la noticia de la muerte de su médico y amigo Jaime Vera. Lo que no supo entonces Pablo Iglesias fue que su antiguo rival político mostró como última gran preocupación, cuando ya veía próximo su propio fallecimiento y más aún que por éste, la selección de un colega de su total confianza a quien encomendara sus últimos cuidados. Por fin, decidió lo fuera el titular de la Mutualidad Obrera, el doctor Francisco Huertas. Magnífico ejemplo, a mi entender, el que nos dejó el doctor Vera acerca de cómo se puede discrepar en ciertos matices políticos con el compañero, a la vez que desvivirnos por sus intereses más íntimos y directos. |
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