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 Experiencias en Democracia desde el año 2000 hasta hoy

Palmira y la pantera.
Francesc Garcia Guinart Enviar mensaje

Palmira y la pantera.
Palmira era una mujer que vivía sola, sola de verdad. Los años y las enfermedades
habían hecho que esta mujer menuda se quedase completamente sola en el mundo.
Sus padres, muertos hacia años, tanto la edad como las privaciones de una guerra y
aun más de una posguerra les dejaron herido de muerte.

Su marido, 35 años casados, no era un mal hombre, un poco seco, un poco soso, un
poco golfo, pero no era un mal hombre. Sus hijos, Juana y Ramón, a estos si que les
echaba de menos, Palmira siempre había imaginado su entierro, con sus hijos y sus
nietos llorándole, quizás su marido, aunque esto no le hacía tanta ilusión, quizás esos
hijos, recordando sus arroces de los domingos, o los pasteles de manzana que les hacia
cuando eran pequeños y no querían comer, menudo trabajo criar a dos niños
pequeños con un padre siempre ausente y unos abuelos difuntos.

Esos tiempos eran difíciles para todos, o prácticamente para todos, y aun eran más
duros con la enfermedad de Juana, uno se pone enfermo de un día para el otro, Juana
pasó de jugar todo el día en la calle con los niños del barrio, nunca tenía bastante de
juegos y carreras, pasó de destrozar los zapatos trepando y corriendo, a dormir todo el
día y finalmente, sin saberlo, ha dormir para siempre.

Que rápido se pueden perder las cosas que uno quiere. Palmira intentaba recordar que
día apareció en su cara esa expresión de tristeza, de una tristeza cercana, de todos los
días, de una vida triste pero en ningún caso inútil. Palmira no recordaba el día en que
murió Ramón, quizás para ella no había muerto, no lo vio muerto, no le dejaron, los
daños causados por el accidente, las horas pasadas en el depósito, o quizás la imagen
de debilidad que ella transmitía, toda vestida de negro, con esa piel tan blanca, no le
dejaron verlo.

Palmira no cogía nunca el teléfono, a ella no le llamaba nunca nadie, era una mujer de
pocas palabras. Ese día, o mejor dicho esa noche, Palmira se despertó sobresaltada, la
madre que lo pario, ya se ha dejado las llaves y regresa a casa a las tantas, pero no era
Ramón, Ramón hacia muchas horas que estaba muerto. Quien llamaba a la puerta era
un policía serio, algo nervioso, con la camisa y el alma arrugadas, que le traía la noticia
más cruel que pueden darle a una madre.

Ese sabor ocre en la boca, ese sabor que le hacía sentir que la vida se le escapaba por
la garganta, ese sabor ocre al habérsele roto el corazón, Palmira no dijo nada al triste
policía de la camisa y el alma arrugadas, se puso la ropa negra con la que hacía poco
velaba a su marido, cogió los papeles de la funeraria de la mesita de noche, un seguro
de decesos que pagaba desde el día que se casó, apagó las luces y se dirigió al hospital.
Era el mismo hospital donde curaban a su marido, a su marido los médicos le dijeron
que tenía cáncer, no obstante, ella sabia la verdad, lo que mataba era la pena de la
muerte, el agujero que la muerte de Juana dejó en su corazón, eso fue lo que le mató.
Murió sereno, resignado, como quitándose un peso de encima, el no fue capaz de
seguir viviendo con la tristeza en el alma y su cuerpo roto por el sufrimiento, dejo de
respirar una mañana muy fría, como las que a él le gustaban.

Por la mañana, cuando se levantaba para ir a trabajar, siempre sacaba una mano por la
ventana de su habitación y decía, esta mañana hace frio, el frio fue su acompañante
fiel durante toda su vida y también le acompaño en su último viaje.
Palmira era una mujer que vivía sola, sola de verdad. Los años y las enfermedades
habían hecho que esta mujer menuda se quedase sola en el mundo. Con la soledad de
los recuerdos, del que ha tenido y ya no tiene, del que en los ruidos de la noche
imagina la tos del hijo, los comentarios de un marido que se levanta para trabajar, de
una hija que sueña con sus juegos infantiles. Ellos ya no están, solo queda Palmira,
Palmira y la pantera que le desgarra el corazón cada noche mientras duerme.

 


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