

Experiencias durante la Transición Democrática
3er. Premio
Héroes anónimos
HÉROES ANÓNIMOS Madrid, parque del Retiro, 18:00 horas. 15 de abril de 1939. -Sargento, toda carga es poca, distribúyela bien en la base, que salte por los aires, que no quede nada, que se le borre del mapa y nadie se acuerde de él. Todos ríen este último comentario. Se alejan y una fuerte explosión esparce en mil pedazos el monumento a Pablo Iglesias. La labor de un escultor arruinada en unos segundos, y lo que fuera homenaje a un luchador infatigable hecho añicos. -Ya está hecho, esta nueva España pronto olvidará.
-No hagas tanto ruido que nos van a descubrir. Entre los dos cogen el pesado busto y se alejan entre los árboles, excavan un hueco en el suelo y lo entierran. -Recuerdo hace tres años cuando se inauguró la estatua… Todo era bullicio y un coro de jóvenes cantaba la Internacional. Hoy solo nos queda la memoria y el amparo de la noche. En aquella noche madrileña los dos militantes socialistas arriesgaron su vida. No hacía frío, pero sentían escalofríos por todo el cuerpo, mezcla del miedo y de la rabia.
-Alfonso, están aquí las hijas del compañero Gabriel Pradal, que dicen que tienen una cosa que te puede interesar. Insisten en hablar directamente contigo. Las dos mujeres entran en el despacho de Alfonso Guerra, que se queda sentado frente a su mesa cubierta de libros. -Don Alfonso, le traemos un documento que a nuestro padre le hubiese gustado entregarle. Alfonso da una profunda calada a su cigarro mientras abre el sobre que le han entregado. Es un plano con muchas indicaciones ante el cual se queda pensativo. -¿Qué es? No lo entiendo. -Han hecho un gran servicio para el partido y han cumplido con la responsabilidad que les confió su padre. Ahora me toca a mí estar a la altura de las circunstancias. Muchas gracias por todo. Un jovencísimo Alfonso Guerra se despide de las dos mujeres y observa de nuevo el plano. Acto seguido abre el cajón donde lo introduce con sumo cuidado y descuelga el teléfono.
-Alfonso, bien podríamos haber llamado a la prensa. La pala pronto choca con algo duro, y en ese momento todo el grupo, entre nervioso y contento, empieza a desenterrar cuidadosamente con las manos. Es algo blanco. Pronto dejan al descubierto el busto de don Pablo. -Compañeros, lo hemos logrado. Puño en alto, el grupo comienza a entonar La Internacional. Cuarenta años antes dos compañeros habían arriesgado sus vidas para que en aquella mañana de febrero de 1979 Alfonso Guerra, acompañado de un pequeño grupo de compañeros, diese un paso a favor de la libertad recordando al pueblo de Madrid que en el Retiro hubo una estatua al padre del socialismo y sindicalismo español. Una estatua que fue abatida por la cobardía y la intransigencia, pero que la heroicidad y la determinación recuperaron para la naciente democracia que se configuraba en esos momentos de plena Transición.
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