

Experiencias en Democracia hasta el año 2000
2º Premio
FLOREAL, 100 AÑOS EN TRES FOLIOS
FLOREAL, 100 AÑOS EN TRES FOLIOS
Veinte años después de afiliarme, en octubre de 2004, un Puertollano socialista, una Castilla La Mancha socialista, y por fin, otra vez después de ocho años, una España socialista, veían nacer a Pablo; no hace falta que diga a quién debe su nombre y si alguien lo duda aún, dejará de hacerlo al final de mi relato. Desde mi vientre, vivió el nerviosismo de dos elecciones en el colegio electoral, las generales con tres meses de gestación y las europeas con seis; campañas electorales, mítines ¿cómo no iba a llamarse Pablo, si ha mamado de quien siempre mamó socialismo? Sólo me arrepiento de una cosa, no haberme mantenido firme en mi decisión de llamarle Pablo Floreal, que si parece nombre de culebrón, que si es una horterada, total, que se quedó con Pablo. Floreal, que es el octavo mes del calendario republicano francés, es el nombre que en 1933 en Francia, donde tuvieron que emigrar durante la dictadura de Primo de Rivera, mi abuelo le puso a su hijo, que había quedado huérfano de madre en el mismo parto, y el nombre que llevó hasta los 19 años, cuando ya en España, la dictadura y el Juez Abundancia, decidieron que no era un nombre adecuado al Régimen (les parecía un símbolo “rojo”), y se lo cambiaron por el que más se parecía, pero que no era el suyo, Florián, que es como desde entonces se ha llamado mi padre. Él es el primero en quien pensé cruzando la puerta de entrada de la casa del pueblo en 1984, en su complicada vida, en la pérdida de su madre sin siquiera conocerla, en su traslado a un país desconocido para él, en el que se hablaba un idioma que tantas veces había oído en su casa, pero que no era el que mejor conocía, en cómo todo lo que aconteció en su vida influyó firmemente en sus arraigados ideales socialistas, empezando por aquello que su padre intentó transmitirle a través de su nombre y que quisieron arrebatarle sin éxito: aunque rece Florián en su carné, será Floreal para siempre.
En 1947, la desesperación por no poder sacar adelante a los suyos, la enfermedad que le impedía y le convertía en una carga, hicieron que mi abuelo, aferrándose al corazón de sus hijos, al recuerdo de los que ya le arrebató la vida, y a la firme idea de que seguirían adelante sin él, encontrase el valor para encañonarse con una escopeta, y con un solo movimiento de uno de sus dedos, acabar de golpe con todo el sufrimiento de su vida: la muerte de dos de sus hijos, de su mujer, el hambre, el dolor, la pena, la gran pena de una vida en la que nunca tuvo siquiera la esperanza de que alguien pudiera cambiar su destino, como en aquel mitin de mi recuerdo. Mi abuelo fue enterrado en el cementerio de Puertollano, pero no en la parte cristiana, había desafiado las leyes de Dios adelantando lo que tarde o temprano habría hecho la tuberculosis. Creemos que el destino y la hipocresía de la religión hicieron que acabase enterrado en la tumba común donde fueron a parar años después los restos de los compañeros fusilados al final de la guerra en nuestra ciudad, con el resto de los enterrados en el cementerio no cristiano. Por eso, cuando cada 13 de junio, aniversario del fusilamiento, acudo con mis compañeros de partido a depositar una corona de flores en esa tumba, no puedo evitar pensar en el abuelo Manuel, en Floreal y en por qué fue siempre un socialista convencido, y en mí misma a mis cuarenta años y con veintiséis de militancia a mis espaldas, ¡es toda una vida! Pienso en Pablo y en el esfuerzo y sufrimiento de tanta gente para que él hoy pueda pensar, decidir y vivir en un mundo que no deja de ser complicado, pero que le ofrece todo lo que ellos no tuvieron. En mi mente, la niña tímida de 14 años vuelve a entrar una y otra vez por aquella puerta, bajo unas siglas que formarían parte de mi vida con tal rotundidad que ya no concebiría vivir sin ellas. El sufrimiento de Manuel no es en balde, y de algún modo siento que Floreal recupera su nombre. En 1904, justo 100 años antes del nacimiento de mi hijo, Manuel cumplía 5 años, los que hace unos días ha cumplido Pablo, y esto me hace recordar la última frase de mi libro favorito que dice: “porque las estirpes condenadas a vivir cien años de soledad, nunca tendrán un segunda oportunidad sobre la tierra” y que a mí hoy se me antoja de esta manera: porque las estirpes que han vivido cien años de socialismo, siempre tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra y yo espero que Pablo sea capaz de aprovecharla. FIN |
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