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 Experiencias durante la Transición Democrática

1er. Premio
La espera
Lola Fernández de Sevilla Gómez Enviar mensaje

La espera

Un ruido seco, como un estallido, me despertó repentinamente de mi sueño, más bien ligero.
Las últimas semanas habían sido de una actividad frenética; incluso desde mi situación, un tanto particular, había podido percibirlo con claridad. Todo eran prisas; todo eran nervios y expectativas.
La espera se volvía cada vez más intensa, la mayoría de las veces acompañada de una gran cantidad de humo de tabaco, de mucho trabajo y de llamadas de teléfono que solían contribuir al incremento de la tensión. Mi madre respiraba hondo con frecuencia, y cuando lo hacía parecía querer decirme: “No te preocupes, no me olvido de ti”.
Hay esperas y esperas. La mía, inconsciente y tranquila. La de mi padre y mi madre, sin embargo, aquellos días, era una espera cargada de actividades, de trabajo, de preocupaciones; una espera bien consciente, con años y años de memoria, individual y colectiva, anidados en sus vidas y en las de quienes les rodeaban.
“Parece que hemos subido, pero los sondeos no salen hasta mañana”.
“Todo tiene que cambiar, de una vez por todas, que ya está bien después de cuarenta años”.
“La gente se está dando cuenta, por fin, de que este país no puede seguir anclado en el pasado”.
Después del trabajo mi madre acudía a la sede del partido, y allí se encontraba con mi padre. Pasaban la tarde trabajando con otros compañeros y compañeras. A veces salían, en pequeños grupos, a pegar carteles. Y me acuerdo del sonido de la voz de mi padre, amplificada por el megáfono; hablaba de cambio, de posibilidades, de la vuelta del socialismo a España. También escuchaban la radio, continuamente; este programa ha dicho esto, allí han dicho en cambio lo otro.
Mi padre escribía cartas. A personas que estaban fuera de España, aún. Que al parecer habían tenido que marcharse, hacía muchos años, pero que algún día –decía él- querrían volver.
Y sobre todo hablaban. Discutían. Todo el tiempo. Después, por la noche, todo continuaba en casa. Tertulias y reuniones que duraban hasta la medianoche, con el sempiterno sonido de la radio de fondo. Lo sondeos habían empezado a anunciar resultados sorprendentes, embriagadores, pero ni mi madre ni mi padre querían fiarse demasiado.
“Siempre lamentándonos, no tenemos remedio”, se quejó alguien una noche en mitad del humo y la tertulia. “Si los sondeos son ésos, podríamos celebrarlo”.
Pero la verdad es que nadie parecía querer celebrar nada, al menos de momento. Había una emoción contenida, casi disimulada, en el ambiente. Como de alegría que sabe que no debe celebrar todavía su propio estallido, ni dejarse mostrar con demasiada nitidez.
Mi madre hablaba, una mañana, desde el trabajo, con su madre, o sea, mi abuela. Casi en susurros. En parte porque a su jefe no le gustaba que se empleara el teléfono de la oficina para llamadas personales, y en parte por el tema de la conversación.
“Que no, mamá”, decía. “Pero, ¿qué va a ocurrir? Por dios, que ya han pasado muchos años desde eso. Que no se va a liar ninguna, mamá”.
Y así pasaron los últimos días. La noche antes, cuando todo el mundo se había marchado de casa y mi padre andaba trasteando con la radio aún en la cocina, mi madre se dejó caer pesadamente en el sofá de la salita, la ventana abierta para que saliera todo el humo. Contuvo la respiración un momento, y después respiró hondo, varias veces. De algún modo percibí que todo el esfuerzo, el trabajo de los últimos meses, hasta más allá de donde yo podía recordar, había concluido. Y la espera. Casi.
Pasé las siguientes horas durmiendo. Lo necesitaba. Aunque mi sueño era ligero, apenas me enteré de nada de lo ocurrido durante aquel 28 de octubre. Hasta que sonó aquel ruido seco, como un estallido, y pensé que por fin, por fin, era la alegría, que se atrevía a saltar y a celebrar después de tanto contenerse y esperar.
Pero no, aquello sólo era el champán. El primer champán tras la larga espera. La alegría vino justo entonces.

Nací exactamente quince días después de aquello. Después del comienzo de un nuevo principio. Mi padre dijo que era un buen augurio; una señal de que las cosas, por fin, iban a cambiar. Mi madre estuvo de acuerdo. Y por eso, y aunque entonces no entendí bien la razón, que recién llegada las cosas nunca se ven como son del todo, dijo: “Creo que deberíamos llamarla Rosa”.
Y así fue. Rosa fui.

 


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