| Portada | El concurso | Relatos | Bases | Jurado | Calendario | Premiados |

tu historia es nuestra historiaLeer relatos

 Experiencias durante la Guerra Civil Española

2º Premio
EL PÉTALO DE LIBERTAD
María Eugenia Rufino Morales Enviar mensaje

EL PÉTALO DE LIBERTAD

Libertad Morales Vinuesa murió muy pronto, demasiado pronto. A penas quince meses pudo su débil salud luchar contra lo inevitable. Pero eso ocurrió después. Antes, cuando nació, su padre no pudo acariciarla, ni tenerla entre sus brazos, porque estaba en la cárcel. Su padre, Francisco Morales Molina, había sido alcalde del Frente Popular en el treinta y seis en Los Realejos (Tenerife), y eso, unido a alguna envidia, le llevó a parar a la cárcel.

Él también era mi abuelo, Papacuco. Pero ésa es otra historia, la mía y la de mi madre que con a penas diez años, allá por el cincuenta y tantos, tuvo que subir a un barco para que unos parientes de Salobreña (Granada) se hicieran cargo de ella. Años antes habían tenido que hacer lo mismo con otra de sus hermanas. Aquí en Salobreña se quedaron las dos, separadas entre ellas y separadas de su familia, a la que les fue imposible volver a ver hasta que fueron adultas. Y aquí nacimos mis primos, mis tres hermanas y yo.

Mi abuela, Mamá Maruca, tuvo doce hijos, contando a Libertad. Sin embargo ésta tampoco es la historia de Libertad. Ésta es la historia de mi abuelo, a quien, paradojas del destino, yo conocí el día de su muerte. Era 1984, yo tenía catorce años y antes de empezar el Instituto mis padres nos enviaron a mi hermana Cristi y a mí a Canarias a conocer al resto de la familia. Cuando llegué, mi abuelo estaba postrado en una cama, muy enfermo ya. Le besé. No estaba consciente. Ese mismo día murió. Quizá vivir esos momentos me marcó. Todavía recuerdo la cantidad de gente en su entierro, la cantidad de flores, la bandera republicana, la bandera socialista… Con el tiempo entendí porqué mi madre me decía “en cuanto cumplas dieciocho podrás votar; vota siempre, por la democracia y por la memoria de tu abuelo y todos los que sufrieron tanto como él en la dictadura”.

Papacuco tenía complexión guanche y esa fortaleza fue lo que impidió que esos más de cuatro años de infierno no pudieran entonces acabar con él.

Era de madrugada y hacía mucho frío. Las frías culatas de sus fusiles rompieron el silencio de la noche.

- ¡Morales! ¡Morales! ¡Abre la puerta! ¡Abre a la autoridad!

Maruca corrió a buscar a sus niños que lloraban aterrados. Cuando pudo asomar, ya se perdía al fondo de la cuesta la silueta de su esposo, a medio vestir, llevado casi a rastras por la Guardia Civil.

A los tres días volvió a casa, amable, silencioso como él era; y calló, calló para siempre lo que había ocurrido. Pero pocos días después la historia se repitió. Esta vez fue más tiempo.

El olor del mar, ese olor profundo y característico del Atlántico, pronto desapareció anulado por el olor de la madera húmeda, del sudor, de los excrementos y los vómitos. A penas entraba luz y el vaivén en el fondo del barco era suave y adormecía. Poco distinguía la noche del día. Una vez en semana, algunos podían acercarse al barco del dolor y la humillación por medio de una falúa y, desde lejos, gritar alguna información sobre las familias.

En ese infierno flotante, fondeado frente al muelle de Santa Cruz, conoció Morales la maldad humana sin límites. Soportó ver cómo arrojaban al agua desde el barco a algunos de sus compañeros, metidos en sacos, unos con piedras, otros con gatos vivos…

Luego fue traslado a los salones de Fayfes, utilizados para el empaquetado de plátanos que se enviaban a Inglaterra. Tres años y siete meses estuvo allí preso. Decían que allí estaban todos los presos con cultura: médicos rojos, abogados rojos, maestros rojos, jueces rojos…, porque eran lo peor de la sociedad.

Les despertaron a empujones para atarles las manos por detrás.

- ¡Vamos Morales, que os vais de viaje!

A penas podían mantenerse de pie, los cuatro, en la parte de atrás de ese camión. Se preguntaban a dónde les llevarían ahora pero temieron lo peor cuando a su paso grupos de personas desde la calle les apedreaban y gritaban:

- ¡Os van a matar, rojos! ¡Hijos de puta! ¡Arriba España!

Pasado el escarnio les metieron en el calabozo del Ayuntamiento. En aquél lugar, lúgubre y oscuro, comido por la humedad -el agua corría por las paredes-, alguna vez Maruca pudo verle y entregarle su amor y su cuerpo, lo que le ayudó a soportar ver atroces torturas. Y concibieron a Libertad.

También algún cura asomaba por allí para mostrarles sabe Dios qué espiritual camino; uno de esos mismos curas que daba la comunión cada día a los torturadores y bendecía a los asesinos, uno de esos mismos curas que revelaban los secretos de confesión de las beatas que, sin saberlo, estaban entregando a sus maridos a tamaños criminales.

Venus, una de las hijas de Morales, que apenas alcanzaba los diez años, algunas veces pudo entrar allí para llevar comida a su padre.

- ¡Venus! ¿Has visto a Manuel?
- ¿Has visto a mi marido?
- ¿Y mi hermano? ¡Tú lo tienes que conocer! ¿Lo has visto?

Así, cada vez que volvía a casa, era zarandeada por los familiares desesperados hasta que ella misma caía en la extenuación. Por aquel entonces, Libertad ya había nacido.

- Morales, mañana te toca a ti- , le decían entre risas mientras le obligaban a ver las más indecibles atrocidades y torturas a sus compañeros, que podían ir desde clavarles clavos, hacerles cortes o colgarlos por los testículos.

Sin que se deba a una razón concreta, sólo quedaban dos presos con vida, él y otro compañero moribundo al que habían clavado clavos en el pecho. Una noche cuando la puerta de la celda se abrió para darle agua, sacó fuerzas de flaqueza y corrió todo lo que pudo gritando:

- ¡Matadme, disparad! ¡Acabad de una vez conmigo!

Uno de los carceleros lo reconoció. Había sido medianero suyo unos años antes en las huertas de Palo Blanco.

- ¡Morales para! ¿Estás loco? ¡Te van a matar!
- ¿No lo vais a hacer de todos modos? – lloró.
- Entra, entra en la celda. Mañana –le dijo en voz baja- hablaré con tu hermano Agustín para que te saque de aquí.

Cumplió su promesa y a la mañana siguiente contó todo a Agustín y le dijo que se diese prisa porque en cuestión de pocos días su hermano iba a morir. Corrió a hablar con Mederos, un rico influyente amigo de la familia y también de la Guardia Civil.

Pero Morales no había creído al carcelero y ese mismo día, al anochecer, cogió una cuchara de alpaca que había afilado durante días y se cortó las venas. Casi desangrado le encontró el carcelero, que consiguió que lo trasladaran junto a su compañero moribundo al hospital de la Orotava. La indignación de algún médico además de las gestiones de la familia, no lograron liberarle aunque sí salvarle de una muerte segura. Le trasladaron de nuevo a los salones de Fayfes y le nombraron encargado para la construcción de la Terminal del Aeropuerto de Los Rodeos, que fue construida por presos.

Un día, mientras leía un libro en Fayfes, una suave brisa trajo revoloteando un pétalo de geranio rojo, que cayó posándose encima de las amarillentas páginas del libro. Aturdido pensó “algo ocurre en mi casa”. Y así era, la pequeña y delicada Libertad había muerto.

Casi al mismo tiempo, un recién nombrado Gobernador decidió revisar los expedientes de los presos y, a la vista de que contra Morales no había ningún cargo, decretó su libertad.

Maruca sabía el ambiente que aún se respiraba en el pueblo y por eso cuando Morales regresó, llenos de dolor, de miseria y de miedo, decidieron trasladarse a Fasnia, al Sur de la Isla. Pero a penas un mes allí, Morales le habló a su familia: “yo no he hecho nada, no he matado a nadie, no he cometido ningún delito, así que nos vamos a casa”. Pero Morales se equivocaba, sí había hecho algo. Era ese espíritu inquebrantable que poseyó hasta su muerte el que había deparado tanto infortunio. Y eso, algunos que ahora eran poderosos, no se lo perdonaban. A Morales la gente le quería; “la palabra de Morales vale más que su firma”, decían de él cuando era Alcalde. Y había sido por entonces cuando, desesperado e impotente por el hambre que estaba pasando la gente de su pueblo, había mandado a todos los cabezas de familia con una cesta a la finca de un terrateniente a coger patatas. “Coged lo que necesitéis para comer, no más, pero no os podéis morir de hambre cuando otros tienen los campos llenos”. El dueño de esa finca, que había sido su amigo desde la infancia, juró entonces que Morales pagaría caro lo que le había hecho.

Cuando volvieron al pueblo, a ese frío pueblo, las envidias aún no eran pocas. A pesar de estar juntos, seguían padeciendo mucho porque por aquel entonces al que estaba señalado había que apartarlo de todo. En las colas de racionamiento a Maruca casi siempre la dejaban para la última y cuando ya le tocaba le decían “ya no queda nada para ti, roja de mierda”. También a los niños los apartaban en el Colegio, los llamaban rojos con desprecio, les denegaban las becas…

Morales nunca habló ni de lo que él había pasado ni de lo que entonces todos estaban pasando. Él era así. En esa casa imperaba el silencio del miedo, se respiraba la sensación de ser peor que los demás, de estar indeleblemente marcados.

La historia de mi abuelo es una rosa de los vientos. Él es el centro, pero esa rosa tiene, como Libertad, muchos pétalos, cada uno de los vértices de sus rumbos marcó la historia de cada uno de los miembros de mi familia: Pepe, Venus, Estela, Libertad, Miro, Ulises, Paco, Milagros, Inés, Ovidio, Mary y Tila. Y la de mi abuela, Maruca.

Nivaria desde Los Realejos y yo desde Salobreña hemos contado la historia de mi abuelo; la del resto de hombres y mujeres de mi familia tal vez nunca sea contada. Éste es un homenaje a todos ellos, y a todas las demás historias anónimas del sufrimiento y el dolor de generaciones.

Perdonar siempre, olvidar nunca.

María Eugenia Rufino Morales
Nivaria Díaz Morales

 


Comentarios

Este relato todavía no tiene ningún comentario.


© 2009 - Fundación Jaime Vera, PSOE | www.fundacionjaimevera.org | www.psoe.es |