Era otro lunes, otro caluroso día del siempre caluroso verano en Murcia, aunque para mí era un día distinto, extraordinario, especial.
Era el día de mi toma de posesión como concejal del Partido Socialista en el Ayuntamiento de mi ciudad, Molina de Segura, y creo que nunca he vuelto a sentirme de la misma manera que aquel 11 de septiembre de 2000, no al menos con tal cantidad de sensaciones y sentimientos, todos a un tiempo.
Mientras el Secretario del Ayuntamiento daba lectura al documento que acreditaba mi nueva condición como miembro del Pleno, en mi interior se agolpaban los recuerdos, los propios y los ajenos, las experiencias que de una u otra forma habían hecho que ese día estuviera allí sentado.
Pensaba en todos esos hombres y mujeres, conocidos unos y anónimos la mayoría, que habían trabajado, luchado e incluso dado la vida para conseguir un sistema de libertades y derechos como el que hoy disfrutamos; pensaba que no siempre hemos sido justos, no al menos todo lo que merecían, reconociendo cada día el valor de lo que hicieron y consiguieron.
Me venían a la memoria las imágenes difusas de los tanques por las calles, aquel 23 de febrero de 1981, y las caras de preocupación de mis padres, que un niño de apenas 8 años no alcanzaba a entender; desfilaban uno tras otro los recuerdos, de mi niñez y mi adolescencia, de cómo combatía las injusticias con afán quijotesco, ya fuera en pequeñas reivindicaciones de colegio o participando en manifestaciones; aprendí a admirar aún más a mi abuelo Nicolás, que evitó ser alistado en la Guerra Civil para cuidar de su familia y guardaba como una reliquia una postal de campaña de Felipe González, con el secretismo y la discreción forzosa que aquella generación aprendió en una España de vencedores y vencidos.
Me irritaban los recuerdos de cómo unos empresarios caciquiles dejaron sin trabajo a mi madre y sus compañeras; el rememorar cómo, tras varias semanas en huelga, resistiendo, sólo les quedó como salida para alimentar a sus familias el aceptar la comida proveniente de los excedentes de la Unión Europea; el cómo a pesar de ello, años más tarde, el rencor posado durante los años más duros, hacía que aún hubiera militantes de derechas que se dirigían a los que hacíamos campaña por el PSOE llamándonos ladrones y haciéndonos cómplices involuntarios de los corruptos.
Repasaba mentalmente los días y noches de campaña, pegando carteles, llenando sobres y repartiendo propaganda; las noches electorales, en las que mientras se iban desgranando los resultados, nosotros celebramos en la Casa del Pueblo el simple hecho de la democracia; los debates, ya fueran públicos o con amigos, conocidos o ciudadanos anónimos, en los que defendía nuestras propuestas…
Pero al final, y sobre todo, la sensación predominante aquel día era de humildad, no la falsa modestia, sino la que predicaba Pablo Iglesias y tantos otros, la que te hace reconocer que tan sólo somos pequeñas partes de algo mucho más importante, un proyecto que ya existía antes de nosotros y que seguirá su camino cuando ya no estemos; la sensación de que las personas podemos pasar a formar parte de la historia de nuestras ciudades, pueblos, comunidades o incluso del Gobierno de la Nación, pero por encima de todo eso, prevalecerá la historia de un partido con más de 130 años de tradición.
Estas sensaciones, estos recuerdos, eran los que guiaban mi mano y mi voz cuando prometí mi cargo, cumplir y hacer cumplir la ley en el pequeño espacio que me había tocado, y son los que siguen inspirándome, en otros cometidos políticos, en otras tareas, en los que intento ir siempre a la ofensiva, armado de argumentos y propuestas, de la dignidad de un partido centenario y comprometido con los más débiles, y sobre todo, arropado por los ideales que la vida me ha ido tejiendo.