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 Experiencias durante la Guerra Civil Española

Una familia en el punto de mira.
PABLO ZAMORA MURIEL Enviar mensaje

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Una familia en el punto de mira


Quién iba a decir a la abuela Vicenta que de los dieciséis hijos que tuvo, 5 fueron encarcelados, y uno muerto, como consecuencia de la dichosa guerra civil.

No soy una persona de letras, pero voy a intentar trasladaros cómo una gran familia, “los Galindo”, fue de una manera voraz involucrada en una guerra con la que se toparon de la noche a la mañana y puestos en el punto de mira.

Los hermanos Galindo, era una humilde familia de obreros, algunos de ellos no sabían leer ni escribir. Tuvieron que dejar de ir a la escuela para poder ayudar a sus padres y llevar un jornal a casa, ya que eran muchos los que se sentaban a la mesa a comer. Vivían en la localidad de Coca (Segovia). Un pequeño municipio de la Tierra de Pinares de la meseta castellana. Pinares gracias a los cuales, algunos de ellos, podían llevar un cacho de pan a la boca y a la de sus hijos, ya que vivían de la resina y de los trabajos forestales. Todos ellos pertenecían a la Casa del Pueblo.

Como un león salvaje, una vez comenzada la Guerra Civil y siendo ésta una zona de las adheridas fielmente a ese Glorioso Movimiento Nacional, arremetió contra ellos la desgracia. A las 10 de la noche del 10 de septiembre de 1936, se llevaron a los nueve primeros prisioneros del pueblo a las cárceles franquistas. Entre ellos iba la primera y única mujer del grupo del pueblo, Aurelia Galindo, que los falangistas raptaron de su hogar, privando de mujer a su marido y de madre a sus 5 hijos. Fue llevada al Ayuntamiento del pueblo, junto a los otros 8 hombres. Aurelia era un saco de nervios, un mar de lágrimas y un cúmulo de dudas. ¿Por qué tenía que estar ocurriéndole eso?, se preguntaba. Algunas dudas se las despejó el conductor y Jefe de la unidad de falange que les hizo prisioneros. Jefe que decidió llevar en su coche, por separado, a la prisionera Aurelia, ya que el grupo de falangistas (todos hombres) estaban encolerizados y exaltados. Por si fueran a cometer alguna crueldad, de las que luego se hartaron a realizar. Como decía mi bisabuela Aurelia, “en todos los sitios siempre hay alguna buena persona que te ayuda” y en este caso se topó con una, el Jefe de falange. De camino a la prisión, como Aurelia no paraba de preguntar el por qué de su detención y qué iba a ser de ella, éste le dijo: “Aurelia, no temas, yendo conmigo no le pasará nada. Ya se habrán quedado a gusto algunas señoras de tu pueblo, que si por ellas hubiera sido te habíamos fusilado en la Torre de San Nicolás”. Los nervios se apoderaron de ella, hasta el punto que se mareó. Le tocó parar el coche y le dio un poco de café que llevaba en un termo y una copita de coñac, para intentar reanimarla. Fue llevada a la cárcel de Santa Mª la Real de Nieva, donde en un cuarto lleno de ratas, le confesó un falangista disfrazado de cura, arremetiendo con todo tipo de barbaridades para aterrorizarla y humillarla (entre ellas asegurándola que iban a hacer con ella lo mismo que a un primo suyo de Olmedo al que habían pegado un tiro y dejado en una cuneta). Después de allí la llevaron al Gobierno Civil de Segovia. A los hombres de su pueblo les pegaron unas buenas palizas y a ella la separaron en otra habitación donde las mujeres de los guardias civiles la insultaban. La quisieron cortar el pelo y pasearla por Segovia. Al final no lo hicieron. Para atemorizarla aún mas decían: ¡montadla en la furgoneta, echad la pala y el azadón e id al kilómetro dos con ella! A la furgoneta donde les transportaban la llamaban “la de la basura”.
Una vez trasladada a la cárcel de Segovia, la directora le mandó quitar la vestimenta y Aurelia estalló en un nuevo llanto, preguntando: ¿pero es que me váis a quitar la ropa para que me entren mejor las balas? A lo que la directora respondió: no se preocupe Aurelia, estás en la cárcel y aquí no le va a pasar nada.

Aurelia no regresó a su hogar hasta 5 años después. Se la llevaron con 72 kilos y regresó con 35. Estuvo en siete cárceles distintas, pasando por todo tipo de penurias y calamidades. Cogió las calenturas palúdicas, anemias y otras graves enfermedades, entre ellas una que le marcó de por vida y también a su familia, se perturbaron sus facultades mentales. Enloqueció en las cárceles.

La vida que llevaba Aurelia, antes de estallar la guerra, era la de regentar uno de los mayores comercios de ultramarinos del pueblo, en compañía de su marido. La de fiar a los jornaleros del pueblo, mediante cartillas, los alimentos que le compraban y no podían pagar. La de vender otros productos de mayor precio cobrando a plazos, si no podían abonar íntegramente su importe. Por lo que había vestido a más de medio pueblo. Y la de ayudar a las personas mas pobres, cuando estas lo necesitaban. Según relata su hija Nicolasa Muñoz Galindo: “soy testigo que mi madre cuando enfermaba algún necesitado me mandaba a mí con la cesta llena de huevos, de azúcar y otros alimentos básicos, a sus casas hasta que ese enfermo se ponía bueno; y caía otro enfermo y mandaba, a su costa, a las que traían la leche: -«Lleva la leche a esa señora enferma durante dos meses». Podía usted preguntar a cualquiera. En el pueblo la conocían como Aurelia, una mujer piadosa y limosnera. Y claro, pues, como mi madre era muy lista, buena persona y republicana (religiosa), otras se cebaron con ella. Ya que esos tres parámetros juntos parece ser que no podían coexistir en una misma persona.”

Al saber leer y escribir, y además tener don de palabra, a Aurelia la reclamaban en el pueblo para mediar en algunos conflictos. El último en el que intervino fue en un suceso, que ocurrió durante la huelga general, referente a la confiscación de unas cargas de leña que los Guardias civiles hicieron a unos vecinos del pueblo. La denuncia fue a parar al juzgado, por lo que las mujeres de estos acudieron a Aurelia Galindo, para que hablara por boca de ellas en una cita ante el juez.

Una vez estallada la guerra, caen como aguaceros los problemas y las desgracias. El comercio es saqueado por los falangistas en varias ocasiones, llevándose todo lo que podían. Aurelia es encarcelada por denuncias vecinales procedentes de unos pocos caciques del pueblo, una de ellas por antirreligiosa (aún perteneciendo a tres cofradías y siendo fundadora de una de ellas). Ésta quedó sobradamente justificada de incierta, ya que los dos frailes, junto con cuatro falangistas, que registraron su casa vieron en los cajones rosarios, escapularios, velos y otros ornamentos religiosos, y también por las firmas que recogieron las cofrades, a su favor, y presentaron ante un procurador. También fue acusada, infundadamente, de cometer el delito de “excitación a la rebelión”. Como aparece en la Propuesta de Conmutación de la Comisión Central de Examen de Penas y donde dice: “ y quedando como hechos probados que desde el día del Glorioso Movimiento Nacional, hasta el 24 de julio en que fue rescatado el pueblo de Coca a la horda roja, continuamente Aurelia Galindo Acebes alentaba a sus convecinos, especialmente a las mujeres a persistir en su actitud rebelde y oían en grupo las emisoras rojas. Para más INRI en algunos expedientes suyos aparece “Aurelia Galindo Acebes, la pasionaria de Coca”. Se basaban en falsedades para intentar hacer mas daño y justificar sus atrocidades.

Además de Aurelia, fueron encarcelados cuatro hermanos suyos, uno muerto por intentar fugarse del Fuerte de San Cristóbal (Pamplona), dos cuñados, un yerno y dos hijos (uno de ellos Nicolasa, que tuvo que ser encarcelada junto con su niña de dos años y el otro Rafael encarcelado con 16 años). En total suman once miembros de una misma familia en las cárceles franquistas.

Entre los más mayores del pueblo todavía se recuerda, y se siente con pena, la desgracia que se cernió, a raíz de esa guerra, sobre Aurelia y su familia, pagándola en sus propias carnes y destrozándole de por vida. Fueron muchos los apoyos de vecinos que tuvieron, tanto de republicanos como de derechas, ayudándoles a esconder los productos mas valiosos de la tienda para que no los saquearan, haciendo algún escrito con buenas referencias, o echando mano de conocidos con cierto poder por si podían interceder por ellos. De lo que están eternamente agradecidos a todos sus vecinos que les apoyaron.


Tengo el gran privilegio de disfrutar de la compañía de mi abuela Nicolasa Muñoz Galindo, hija de Aurelia y que con 92 años de edad tiene una memoria excelente y me relata con pelos y señales todos los hechos que sucedieron en Coca (Segovia) durante la guerra civil, eso sí con mucho dolor y tristeza. ¿No es mejor esto que un buen libro de historia? Aprovechad de estas personas los que tengáis oportunidad, el tiempo resta en su favor.

Cuando Felipe González ganó las primeras elecciones, fue para ellos como un guiño a esa República que les arrebataron cruelmente.


Pablo Zamora Muriel
(biznieto de Aurelia Galindo – Coca (Segovia))

 


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