

Experiencias vividas durante la República
El abuelo socialista
Mi abuelo se llama Plácido Roiz Roiz y nació el 21 de julio de 1913 en Bejes (Cantabria), una pequeña aldea de la comarca de Liébana, en el corazón de los Picos de Europa. Una tierra marcada por su secular aislamiento y por una estructura netamente caciquil. Una sociedad podrida por los privilegios de unos pocos poderosos y por prejuicios religiosos que vehiculaban la ignorancia de muchos. Al primer compañero que conoció del Partido Socialista fue a Nicolás Redondo Blanco, (padre de Nicolás Redondo Urbieta y abuelo de Nicolás Redondo Terreros), destacado dirigente y uno de los primeros concejales del PSOE en Vizcaya, que fue quien le recibió en la Casa del Pueblo cuando acudió a afiliarse. El jueves 19 de marzo de 1931, El Socialista publicaba en portada “La voluntad decidida del pueblo hace fracasar la pena de muerte”, en alusión a la sentencia del Consejo de Guerra que juzgó el pronunciamiento republicano de Jaca. Ese mismo día, ochenta y cinco trabajadores de la traída de aguas secundaron una huelga reclamando mejoras laborales, entre ellos mi abuelo. Él, el más joven de los huelguistas, portaba en cabeza de la marcha la bandera republicana, quizás por pura inconsciencia juvenil, pero también porque creía en un mundo mejor en el que se suprimirían los desmedidos privilegios de unos pocos para que los demás pudieran vivir dignamente. Fueron detenidos por los guardias forales y se los llevaron a la cárcel de Valmaseda, amarrados unos a otros por los dedos pulgares. Allí podían estar nada más que setenta y dos horas. Nicolás Redondo se encargó de que tuviesen comida y la organización socialista les pagó el jornal correspondiente a los días que estuvieron en la cárcel sin poder trabajar. Ésa era la solidaridad que propugnaba el PSOE frente a la tiranía imperante. Transcurridas las setenta y dos horas, les pusieron en libertad. Pero antes, los guardias forales les machacaron las uñas de los pies con sus fusiles. A consecuencia de ello, a mi abuelo se le cayeron las diez uñas de los pies. Cuando salió de la cárcel, volvió a las obras de la traída y el contratista no le quiso dar trabajo, porque durante la huelga se había significado en exceso ondeando la bandera republicana. Para poder volver a trabajar, mi abuelo tuvo que denunciar y demostrar ante la dirección de la obra que ese contratista robaba cemento destinado a la traída de aguas. Así era la situación en aquel entonces. El 12 de abril de 1931 mi abuelo estaba en Valmaseda y votó a la candidatura de la conjunción republicano-socialista. Rápidamente llegaron noticias de que la bandera republicana se había izado en Eibar y al día siguiente se proclamó en todo el país la II República Española. Mi abuelo recuerda ese día con gran emoción. Para él siempre ha sido una fecha muy especial. Tanto, que fue la que escogió años después para casarse, en plena posguerra. Nadie supo el por qué del empeño en aquella fecha hasta que no había pasado la boda. Mi abuelo volvió a Bejes durante el período republicano. Allí había llegado un maestro nacional que había propiciado una bocanada de aire fresco en el pueblo. Aquel maestro organizaba reuniones periódicas con los mozos de la aldea, quienes mostraban gran avidez por analizar la problemática del momento, por tomar conciencia, por conocer, por saber... Pronto se creó un ambiente politizado y entusiasta llamado a transformar las viejas mentalidades de la aldea. En ese ambiente, llegó el golpe de estado del 18 de julio de 1936. Un grupo de dieciocho jóvenes de Bejes y alrededores, entre los que se encontraba mi abuelo, decidieron presentarse en la villa de Potes, capital de la comarca, para que Liébana se mantuviese fiel al gobierno republicano. Entraron en la villa formados, lanzando vivas a la República y sin encontrar resistencia. Allí mismo decidieron incautar un autobús de línea y dirigirse a Santander, la capital de provincia, para presentarse en el cuartel de la calle Alta, sede la guarnición militar. Tras obtener el compromiso del general al mando de lealtad al gobierno legalmente constituido, regresaron a Liébana en espera de acontecimientos. Pocos días después, mi abuelo se incorporó a un batallón de carabineros hasta la caída de Santander, en agosto de 1937. Pero esa, es otra historia... Mi abuelo fue socialista, es socialista y morirá socialista. Y su máxima en la vida siempre ha sido: “Seas blanco o seas negro, lo mejor es respetarse los unos a los otros. ¿Tú eres blanco y yo soy negro?. Respétame, y yo te respetaré a ti” Eso fue lo que me transmitió desde mi infancia y por eso me afilié al PSOE a los 17 años. |
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