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 Experiencias vividas durante la República

1er. Premio
Encuentro
Julia Penelas Sanmartin Enviar mensaje

Los primeros compases de Kind of blue empezaron a sonar en sus auriculares. Miles Davis mira a Coltrane, concentrado y en silencio, con su trompeta entre las manos, a punto de llevársela a los labios y empezar a tocar.
Cuando está en las excavaciones le gusta evadirse oyendo música, aislarse del mundo, solo él y la tierra que tiene debajo. No sabía porqué pero no le gustaba escuchar música cantada, no quería voces humanas, escuchaba Jazz ó clásica, a veces algo de Wim Mertens o Brian Eno. El tiempo cobraba otra dimensión y mientras trabajaba en la tarea de encontrar a los asesinados en fosas de la guerra civil, tenía que evadir su mente por mil pensamientos, mil recuerdos, mil lugares de su pasado que visitaba con su imaginación.

Las luces de los coches aumentaban su aire siniestro, los coches siempre le habian parecido siniestros, tan negros, tan fríos, tan inmisericordes. Hubo muchos coches negros circulando esos años por España, dejando el negro del luto y el rojo de tanta sangre. Allí estaban, esperándolos, los faros iluminaban el borde de camino, concretando sus haces en un punto de la cuneta donde había cavada una zanja, una luz débil y púrpura lo había envuelto mientras llegábamos amanecía, los falangistas ,callados mostraban cierta prisa, órdenes cortas y concretas, ya no se dirigían a nosotros con escarnio vociferante o en tono de mofa. Sabían que estaban cometiendo un crimen y no querían que la luz de un nuevo día fuera testigo de nuestro asesinato.

Este era el segundo verano que acudía como voluntario de una Ong de la universidad para la recuperación de la memoria historica. El primer verano anduvo por León, por la zona del Bierzo y el último impulso que lo decidió a acudir fue tan prosaico como el de olvidar un desengaño amoroso.

Pero se sintió tan bien, le gustó tanto la experiencia y le pareció tan gratificante que por primera vez sentía que había hecho algo realmente útil. Así que allí estaba, en su mes de vacaciones. Había acudido a La Mancha en esta ocasión, cerca del pueblo donde había nacido su abuelo y eso le producía una sensación que no podía definir muy bien, pero le resultaba muy emocionante. Aunque una compañera bromeando con él cuando lo veía metido hasta la cintura en una zanja,decía que era imposible conocer La Mancha más de cerca.

1926,la fecha remataba el frontis del teatro, una fachada descolorida y cuarteada por el abandono. Sin preocuparse si su acompañante le seguía se introdujo en el interior por la reja metálica medio abierta y oxidada. Entró en un pequeño patio de butacas con suelo de madera y filas de asientos medio arrancadas, las palomas entraban y salían por las ventanas sin vanos. Olía a pipas y a canciones dedicadas, a películas en blanco y negro.Llegó al pie del escenario,su compañera le seguía en silencio. Imaginó otros tiempos, las actuaciones de la banda del pueblo, las galas de las fiestas, las míseras compañías de cómicos con más hambre que talento. Casi podía sentir los aplausos. Pero algo recorrió su espina dorsal, una luz de hielo, que le hizó mirar a su alrededor, sintió miedo, miedo de las butacas vacías, del zureo de las palomas, de la luz que entraba por el ventanuco ahora inútil del proyector, sintió un desasosiego que lo hizo salir de allí. Estuvo el resto de su día libre taciturno y reservado.

A mi hermano, el que me seguía, lo mataron en Jaca en el treinta y dos, se hizo carabinero y la revuelta lo pilló allí. Yo sólo quería vivir en paz, yo sólo quería ser libre y feliz. Hubo gente que creía al principio de la guerra que simplemente se trataba de invertir el orden, que los ricos, los poderosos fueran ahora pobres, y los pobres los que mandasen igual que hasta ahora habían mandado los ricos, yo sólo quería que mis hijos crecieran en libertad.
Cuando vinieron a la barbería con las mujeres del terrateniente, del notario y el farmacéutico y me pidieron que les rapara el pelo tuve miedo. Lo hice porque sus miradas habian cambiado. Estaban borrachos de sangre, habían matado al cura y quemado las imágenes de los santos, sentían el poder de la fuerza pero no sabían ejercerlo, estuve tres días en cama con fiebre.

Debo concentrarme, darle la importancia que tiene a lo que estoy haciendo. me abstraigo y me pongo a desenterrar con el cepillo con mucho más cuidado, ahora la tarea se vuelve más minuciosa, más lenta. Ahora Bill Evans acaricia el piano como sólo lo puede acariciar alguien que ha sufrido mucho, cuando oigo esta pieza siempre pienso en Scott La Faro tocando el contrabajo ajeno al que le quedaban seis días de vida. Sin embargo estará ahí para siempre. Mientras siento que estoy cerca, algo me dice que estoy llegando a lo que me trajo aquí.

Ayer entraste en el teatro, allí sentiste algo que no te supiste explicar, allí fue donde escuché por primera vez hablar de socialismo, vi el escudo con el yunque y la pluma, y allí estuve por última vez, allí nos tuvieron a todos antes de traernos a esta carretera, lejos del pueblo, pero en el silencio se oyeron los disparos. Y en el silencio siempre fuimos recordados. Se tuvieron que ir con la rabia de no encontrar la bandera del partido con el yunque y la pluma, bordados con esmero por las compañeras del pueblo.

Mi padre era casi un niño y ya había perdido la guerra y su padre vivió lo justo para ver ganar las elecciones al Psoe y se murió el primero de mayo del año siguiente, siempre fue un hombre de guiños cómplices. Yo nunca vi llorar a mi abuelo, no era un hombre triste, pero sí era muy digno, cuando podaba la parra o le ponía alpiste a sus canarios lo hacía con una ceremoniosidad que me subyugaba.

La guerra se lleva a mucha gente buena, no estábamos preparados para tan inmensa crueldad, para algo tan brutal. Mejor que nunca conozcas la guerra. Mira mi familia, una viuda y dos huérfanos, se marcharon de aquí y olvidaron todo, o hicieron por olvidar, por dolor y por miedo, se fueron lejos, a la gran ciudad, donde ser uno más no les costaría tanto. Nunca volvieron por aquí, para que recordar algo tan triste. Yo me quedé aquí con todos mis compañeros.

Cuando mi abuelo murió entre sus cosas mi padre encontró una vieja foto suya de niño, estaba con sus padres, él era el mayor y jugaba con el reloj de bolsillo de mi bisabuelo. Me extrañaba no haberla visto nunca y que estuviera guardada en una caja de dulce de membrillo junto con otras cosas.

Ya me has encontrado, has encontrado la manga de mi chaqueta, ya se han ido el juez y el forense y trabajas minuciosamente con un cepillo más pequeño, te has quitado los auriculares, me gustaba esa música tan rara, pero quieres oir el ruido de la tierra que escarbas para sacarme a la luz.

Recuerdo las lágrimas de mi padre aquella noche de octubre en la que la izquierda ganó las elecciones, lloraba de alegría y de miedo. No dejaba de pensar que no podía ser, que algo pasaría, que habría una nueva asonada militar y que no llegaría a culminarse el triunfo, el triunfo de todos le gustaba decir. El triunfo de tantos que ya no están, decía en un susurro, y sus ojos azules se volvían dos mares tristes mirando al vacío.

Tú has venido aquí a encontrame, a encontrar junto a mi cuerpo el reloj de bolsillo con el yunque y la pluma grabados con el que jugaba tu abuelo en esa foto que tienes. No lo sabías porque nunca te lo dijeron, prometieron no decirlo nunca por miedo, me escondieron en su memoria , pero te dieron a ti mi mismo nombre, inventaron una historia para quien quisiera preguntar; pero vas entendiendo y en tu cabeza se van poniendo todas las piezas en su sitio, no debe extrañarte: has pensado en llamar enseguida a tu padre y sin embargo te has detenido y has pensado si decírselo ahora o esperar, cuál sera la mejor manera de contárselo.
Has venido a decirme que definitivamente, ganamos la paz, que ganamos nosotros, que teníamos razón, que luchar y perder es empezar a ganar.

 


Comentarios
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Jueves, 25 de Febrero de 2010
Es un encuentro muy especial en el que relatas con sumo detalle y cuidado, Julia. Un encuentro arropado por la música, las melodías y el silencio. El silencio en forma de ausencia de palabras. Pintas un universo poblado de presencias que con suavidad y persistencia se revelan al protagonista de esta historia, hablan bajo el peso del tiempo y el polvo del olvido. Y el vínculo familiar inquebrantable, los predecesores que portan la antorcha alumbrando eternamente el camino.
Pilar Lapetra Coderque
 

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