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 Experiencias durante la Transición Democrática

Los años olvidados del sindicalismo socialista en Madrid: 1969-1976
Santiago De Córdoba Ortega Enviar mensaje

Los años olvidados del sindicalismo socialista en Madrid: 1969-1976

Santiago de Córdoba Ortega


Ahora, cuando los años han pasado y la línea de la vida se convierte en curva descendente, importa poco lo personal. Lo importante es lo que sucedió alrededor de uno, antes y después de 1976, y de lo que se termina formando parte de ello. El pretexto biográfico es sólo el vehículo para escribir de memoria, como dijo Blas Otero, lo que tuve delante de los ojos y lo que viví hasta entonces: el sindicalismo socialista en la banca.
En menos de quince años, 1952/1966, había dejado mi pueblo natal, Andújar, pasando desde la voluntaria vida claustral durante diez años de estudios religiosos en Madrid y Santander a la de profesor de español en antiguas colonias francesas, Collège Notre Dame de Porto Novo (Benín) y Collège Secondaire Sainte Marie de Dakar (Senegal). En noviembre de 1966, año en el que los estudiantes de Berkeley proclamaron el slogan “desconfiar de los mayores de 30 años”, visité a Juan Segovia en Francia, primo de mi madre.
Juan Segovia (“El Niño de la Bolsa”) vivía en Annonay, ciudad del departamento francés del Ardèche. A finales de marzo de 1939 huyó a Francia. Sabía que, si se quedada en Arjona (Jaén), su afiliación a UGT y PSOE, ser responsable de la bolsa de trabajo en la Casa del Pueblo y formar parte de la comisión que había expropiado durante la guerra civil las grandes fincas de inmenso olivar, pasaría muchos años en la cárcel. Hizo bien en huir a Francia porque el consejo de guerra, aunque declarado en rebeldía, le condenó a muerte. En 1940 huyó del campo de concentración en las proximidades de Marsella y se unió a la resistencia francesa contra el gobierno de Vichy y los nazis.
Todos los años, el sábado anterior al día de Navidad, la colonia de refugiados españoles en los departamentos de la Drôme, Ardèche y Loire celebraban una fiesta en la ciudad de Valence. Juan Segovia me llevó desde Annonay, donde poseía una gran explotación agrícola y ganadera, hasta la ciudad de Valence. Durante el camino me preguntaba con frecuencia cómo era posible la unanimidad dada por los españoles en el Referéndum del 15 de diciembre, confirmando así la perpetuidad de Franco y del franquismo en España. Para él, después de 28 años de exilio, su desazón era mayor que en 1939: la casi unanimidad significaba el olvido de sus compatriotas y la desesperanza porque la bandera republicana, que llevaba religiosamente doblada en el maletero del coche, nunca hondearía en la Casa del Pueblo de Arjona. Cuando llegamos a Valence todo era abrazos, “salud camarada” y hermandad entre ellos, la mayoría andaluces y asturianos. Al hablar sobre el Referéndum comprobé rabia y lágrimas en aquellos hombres casi todos mayores, entre cincuenta y ochenta años; oí palabras como “pueblo vencido”, “borregos”, “miedo” y otros adjetivos de gran dureza. Para mí la Navidad de 1966 y no otra, por razones misteriosas, se convirtió en la muleta para la memoria de las cosas que realmente me importarían después cuando volví a España.
En enero de 1969, próximo a cumplir los veinticinco años, comenzó mi segunda etapa laboral en el Departamento Extranjero del Banco Central (BC) de Madrid. El haber sido profesor en una antigua colonia francesa, primó más el idioma que la titulación En la calle Alcalá nº 49 –esquina Barquillo-, se concentraban trescientos cincuenta bancarios separados departamentalmente por funciones: Cuentas personales, Valores, Jefatura de Sucursales, Cartera, Extranjero, Personal, Servicios Jurídicos y Financieros,... Aquella masa importante de trabajadores fichábamos a las 8 horas de la mañana, aunque hacía varias horas que desde de Madrid y sus pueblos dormitorio nos habíamos levantado para llegar al primer control del día: fichar en el reloj.
Unos días después de mi ingreso en el Banco Central, viví desde la barrera la primera experiencia del movimiento sindical. A las diez de la mañana, cientos de bancarios invadieron las confluencias de las calles Alcalá y Gran Vía hasta la sede del Banco de España, Cibeles y Ministerio de Ejército. De repente la circulación quedó estrangulada, pero poco después las cargas policiales de los “grises” obligaban a los manifestantes a huir por las calles o invadir el patio de operaciones, las escaleras de emergencia y pisos superiores de los Bancos. Al encontrarme en periodo de prueba, los compañeros de sección me aconsejaron no participar. Semanas después, habiendo aprobado una batería de sus preguntas y continuas conversaciones con José Guzmán, activista sindical independiente y compañero de la mesa contigua, comencé a pertenecer al grupo conocido como el de los “segundones”. Los “segundones” teníamos la rocambolesca misión de recibir información y, como si fuéramos una logia del siglo XIX, trasmitirla en todos los departamentos; también recorrer los puestos de trabajo distribuyendo sorpresivamente octavillas o las famosas “circulares informativas”.
Según avanzaban los años los sumandos contra el franquismo en Madrid se iban multiplicando. Algunos días Madrid parecía estar sitiado: el complejo universitario de la Moncloa, la concentración de sedes de todos los Bancos, los grandes parques industriales y servicios de la capital, eran una importante masa de reacción humana difícil de controlar. No es una anécdota que durante la década de los sesenta, los “grises” dispersaran las manifestaciones sólo con los uniformes de servicio: les bastaba sus criminales vergajos para dispersarlas. No obstante, en la década de los setenta tuvieron que cambiar de vestimenta y el primer cambio fue el casco en vez de gorra: la frecuencia de manifestaciones y huelgas, y el número de participantes había aumentado. Siguiendo la observación de mi propia experiencia en Madrid (1969-1976), la conflictividad y el número de horas no trabajadas se duplicaron y triplicaron año tras año.
Fue a partir de las huelgas de 1962/63 cuando se inició en la mayoría de las ramas de producción el surgimiento vital de las “asambleas de trabajadores” y/o “comisiones obreras”, dominadas por el PCE. En la siguiente década otras siglas intervinieron directa y clandestinamente en la acción sindical: los cristianos de base (HOAC, MAS y JOC) y numerosos militantes del PSOE, UGT, CNT, USO e independientes que nos negábamos a participar en el Sindicato Vertical de la CNS. Ante esta debilidad y fractura ideológica en el movimiento obrero bancario, era imposible constituir y desarrollar formalmente cualquier organización sindical con aquellas comisiones o asambleas de trabajadores. En la Banca privada esos movimientos reivindicativos se convirtieron en “Grupos Unitarios de banca”. En el BC se formaron a partir de 1964. Vicente Gómez Estoa, histórico del PSOE y de la Federación de Banca de UGT, fue durante ocho largos años mi compañero en el mismo centro de trabajo; él me relató cómo la torpeza y dictadura empresarial del presidente del BC, Ignacio Villalonga, superó a la del franquismo, provocando las primeras manifestaciones en masa que se conocen del movimiento obrero bancario español. Pero estos grupos estaban casi aislados en sus centros de trabajo y liderados por el PCE. Necesitaban una mínima organización entre las entidades bancarias y también pluralidad ideológica. Sin estos requisitos sería imposible coordinar la oposición al franquismo en el sector bancario. A finales de los años sesenta se creó la “Interbancaria”, pero no todos los delegados elegidos entre los “Grupos Unitarios de Banca” seguían la disciplina comunista. A partir de 1970, esta figura representativa y la menor presencia del PCE convocó a más bancarios y compromiso de militantes de otras organizaciones. La eficacia de la “Interbancaria” fue decisiva en la huelga de enero de 1976.
Desde diciembre de 1975 los metalúrgicos de Madrid seguían en huelga. 1976 comenzó en cascada: Correos, Telefónica, RENFE, Banca privada, seguros, taxis, construcción...y así cientos de empresas del cinturón industrial de Madrid; pero lo que más nos llenó de motivación fue la militarización de los trabajadores del Metro y Correos. La “Interbancaria” y las comisiones representativas de trabajadores de los grandes centros de trabajo recorrieron informando por los cuatro puntos cardinales de Madrid. No se trataba sólo de la reivindicación contra las medidas económicas del gobierno pretendiendo estabilizar la economía empresarial a costa de los salarios, sino que se ampliaba contra la falta de libertades, asociación, etc.; existía casi unanimidad en las reivindicaciones. La huelga de Banca comenzó el día 13 reivindicando que la Comisión Negociadora del Convenio Colectivo incluyera la plataforma discutida en asamblea de trabajadores y refrendada con miles de firmas. La convocatoria fue un éxito, que se magnificó más por la coincidencia de que ese mismo día se declararon en huelga otros sectores (Correos, metal, construcción, teléfonos, seguros...). Madrid era un caos. Entre la manzana de las calles Alcalá y Gran Vía, donde se ubicaban las sedes de los grandes Bancos (Español de Crédito, Hispano Americano, Central, Urquijo, Ibérico, Santander,...) apenas se podía circular debido a las cargas policiales y a las galopadas de miles de bancarios, muchos de ellos procedentes de cientos de sucursales que se ramificaban por los barrios de Madrid; incluso los Bancos Central e Hispano tuvieron que cerrar ante la respuesta contundente de paro y destrucción de maquinaria. Parecía una batalla urbana: una gran riada de huelguistas en la confluencia con Cibeles y el Paseo del Prado, donde estaba la sede nacional del sindicato vertical CNS, pero detrás también otra riada de “grises” a pie, motorizados y en vehículos.
El 20 de enero se repitieron con mayor virulencia las manifestaciones ante las sedes de los Bancos, cargas policiales y encierro en la iglesia conocida como los “Sacramentinos”. El templo del Stmo. Sacramento, situado en la confluencia de las calles Sainz de Baranda, Menéndez Pelayo y Parque del Retiro, era nuestro asilo con la complicidad de su párroco. Al día siguiente la prensa calculó exageradamente 2.000 los encerrados en los “Sacramentinos”, destacando por número los bancarios del Central, Vizcaya, Santander y Coca. Aquella vez, la principal causa de nuestras reivindicaciones fue que las respectivas direcciones habían iniciado el envío indiscriminado de cientos de expedientes disciplinarios de despido (principalmente a los representantes de los trabajadores como a Vicente Gómez Estoa, mi compañero de trabajo y líder de la Federación de Banca de UGT) o de suspensión de empleo y sueldo, como fue mi caso. La «Interbancaria», a pesar de la clandestinidad de su organización y funcionamiento, movió perfectamente a los Grupos Unitarios durante la huelga. La nómina de nombres que la lideraron fue muy extensa, aunque después de más de treinta años sólo recuerdo unos cuantos: Ricardo González, Luis Gómez Alfonso Gil, Pilar Naranjo, María Jesús Paredes, Eugenio Pascual, De Diego y Vela (PCE); Román Recuero (MAS: Movimiento Apostólico Seglar); Antonio García, Calcerrada, José Guzmán, Ángel Gasco, Jesús Fernández Sepúlveda, José Manzanares y Alfonso Gallardo (independientes); Vicente Gómez Estoa, Francisco Sánchez Pescador, Eduardo Ferreras y Justo Fernández (UGT-PSOE); Pedro Soto y Leonardo Ortuño (USO), Ramón Caracet (CNT).
Para mí aquel enero de 1976 marcó el final de nuestra travesía socialista por el desierto y también del sueño comunista de la Central Sindical Única. Tres eventos lo sellaron: el XXX Congreso de UGT (15 de abril), la Asamblea de CCOO transformándose en Central Sindical (11 de julio) y el XXVII del PSOE (5 de diciembre).

 


Comentarios
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Miércoles, 17 de Febrero de 2010
¡Qué importante fue la labor de tantos compañeros que hicieron posible la democracia de la que hoy disfrutamos! Historias como la de Santiago no sólo deben ser recordadas, además deben ser difundidas para que sirvan de inspiración a los trabajadores de hoy.
Alejandra
 
Viernes, 23 de Abril de 2010
Alejandra, si importante fue comenzar entonces, igual de importante es, hoy y mañana, continuar y avanzar cada vez mejor.
Santiago De Córdoba Ortega
 

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