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 Experiencias en Democracia hasta el año 2000

Cuatro colegas y una noche: febrero en el recuerdo.
Francisco Javier Yuste Grijalba Enviar mensaje

Cuatro colegas y una noche, febrero en el recuerdo.


El asesinato de Casas o el de Buesa. Un amanecer de insomnio. Verdaderos y falsos recuerdos se mezclan en mi conciencia. Son las 3 de la mañana de cualquier día, que podría ser 22 ó 23 de Febrero de cualquier año. Madrid en Febrero lo mismo te abrasa la piel que te hiela los huesos. Aquel 23, en mis recuerdos era de los segundos.
El día anterior lo pasé en Palencia, atendiendo a mis obligaciones como Diputado por aquella Provincia y comentando lo previsible y rutinario que se presentaba el día de la investidura, segura en segunda votación del Candidato. Ni previsible ni rutinario. El viaje de vuelta como siempre: en el expreso que descendía de Santander; como siempre a la estación y hasta la tres de la madrugada, me acompañó un amigo ugetista.
Como una marea incontrolable, las avasallantes imágenes de otra madrugada sin dormir inundan mi memoria sin remedio. La figura desvaída de Carmen no- se-que-más, ginecóloga que asistía a UCD en tareas de protocolo, la de Carlos Gila diputado de Ávila, la de Donato Fuejo, compañero, neumólogo de la Paz; todos y yo mismo, ayudamos al Dr. Pérez de Petinto en sus tareas de médico del Congreso.
De que fueron todos ellos lo recuerdo bien, de otros asuntos no tanto, pero me disculpo si las lagunas se llenan con fabulaciones. El próximo aniversario de los compañeros asesinados vuelve a traer a la memoria aquellos acontecimientos que empezaron con: “Señor Núñez Encabo”. “No”. “¡Todos al suelo!” Un estrafalario picoleto con bigote amenazaba con un revólver al Presidente de las Cortes, que le miraba entre sorprendido y alucinado. ¿Un golpe de Estado?
Me pregunto: ¿Por qué no se han relatado los trabajos de los médicos la noche del golpe? Me propongo hacerlo en cuanto me levante. No, ahora mismo, me levanto y me pongo ante el ordenador a escribir. Dos compañeros, cuatro colegas y una noche.
Imágenes, recuerdos. Permanecen intactos los destrozos que en el techo hicieron los disparos de los guardias inciviles para atemorizarnos. ¡Y vaya si lo consiguieron! La mayor parte de nosotros se refugió detrás de sus escaños ante los disparos de los energúmenos.
No todos, es cierto, pero los tiros eran reales y producían terror. Al menos a mí. Tiempo después algunos ignorantes calificaron despectivamente nuestra reacción defensiva, comparándola con la loable de cuatro o cinco que hicieron frente al ignominioso avasallamiento de los asaltantes. ¡Magnífico por ellos! Pero eso no ennegrece la defensa de la vida que otros decidimos hacer. Mis pensamientos iban, desde el Estadio Bernabéu, (o sería a la Plaza de las Ventas), donde mi imaginación suponía íbamos a parar, como a otro estadio chileno fueron los resistentes a otro golpe sonado, a la suposición de cómo quedaría mi gente ¡sin cobrar la paga de Febrero!, que no me figuraba se la dieran los que así nos amenazaban.
Madrugada de recuerdos que provocan insomnio o de insomnio que evoca recuerdos. De nuevo reviví con absoluta claridad la entrada de unos tipos con tricornio que gritaban y gritaban: ¡todos al suelo! El desconcierto del primer momento, en el que pudimos sospechar una osada acción etarra, fue sustituido, (¡Son picos, son picos!), por la certeza de un asalto por quien ya había intentado un golpe de Estado anteriormente, un sedicente guardia civil de apellido Tejero.
La resistencia que pudimos oponer, resistencia pasiva, en efecto, se disolvió desde el momento en que un estruendoso ruido atronó el Salón. Las amenazas realizadas sobre el Presidente del Congreso- una pistola apuntando directamente a su sien- se sustituyeron por disparos de metralletas y subfusiles (supongo). Otras vez el ¡todos al suelo!, que fue obedecido por casi todos. El Presidente Suarez, el general Gutiérrez Mellado, Santiago Carrillo hicieron frente a la sinrazón y no obedecieron. El general, incluso, apeló a sus entorchados y plantó cara al personaje, pero otros más fuertes que él, varios, no uno solo, bloquearon su intento que no su dignidad.
Dos de los que estábamos secuestrados pudieron salir alegando razones de salud: un diputado de Salamanca, médico, creo que fue Presidente de su Colegio. Todos sabíamos de sus graves problemas de próstata, no hubo resistencia a su salida; tampoco en el caso de una diputada socialista catalana, su avanzado estado de gestación era argumento incontrovertible incluso para aquellos energúmenos. Los demás empezamos a adaptarnos a la situación con mayor o menor conformidad, pero disgusto, y los más negros pensamientos.
Inmediatamente tuvimos claro que estábamos ante un golpe de Estado, que se hizo más evidente cuando… Un nuevo recuerdo, me trajo a la memoria a un tipo que desde la tribuna, -nunca peor ocupada por ninguno-, decía con voz insolente y chulesca: “Manitas arriba”. Otro aún mas energúmeno repetía: “Todos quietos hasta que se presente la autoridad competente, militar por supuesto”. ¡Qué remedio!, quietos bajo la amenaza de ser tiroteados por gente sin respeto por la gente.
Nuestros servicios como médicos comenzaron poco después; el Dr. Pérez no pudo prestarlos inmediatamente porque no le dejaron moverse de la tribuna de invitados desde donde seguía los acontecimientos, al lado de Juanita la mujer del Presidente del Congreso, eternamente presente. Carmen, la colega, que podía deambular entre los pasillos por no ser diputada, fue la más activa. Carmen nos repartió comida en alguna hora de la larga noche, que sí aceptamos; creo que Enrique de la Mata, Presidente de la Cruz Roja Internacional, la había conseguido no sé como, porque otras viandas que quisieron repartirnos los ocupantes fueron inmediatamente rechazadas.
El doctor Fuejo tuvo que atender a un diputado canario-por cierto de fácil y divertido verbo- porque las patillas de sus gafas le habían dañado la cara al tirarse al suelo. “A propósito, -nos comentó algún día después-, Fraga me acompañó en aquel momento haciendo ver mi condición de médico a un oficial de los asaltantes”.
¡Que gente! Más descomunal y soberbia que la que despreciaba Alonso Quijano. La luz del hemiciclo parpadeó y un escalofrío de terror añadido corrió por los escaños. ¿Y se va la luz? El Congreso no tiene generador, la confusión podría ser dramática. Inmediatamente el teniente coronel, al que los guardias civiles obedecían, gritó: “Que una pareja se sitúe en cada una de las puertas y dispare al que quiera escaparse”. La doctora me corrigió en mis sueños. “Lo que dijo fue que disparasen si notaban cualquier roce con ellos”. “Cierto”, comentaron algunos de los que me acompañaban en aquellos. Yo añadí, “y para que hubiera luz ordenó que se quemaran las butacas donde se sientan los taquígrafos”. Uno de los mandos de aquella farsa rasgó el tapizado de las mismas y empezó a darles fuego, solo desistió cuando un ujier trajo de algún sitio unos velones que impidieron que fuera quemada la Constitución. Imaginar de nuevo lo que pudo pasar si el fuego hubiera entrado en el hemiciclo me hizo volver a temblar en mi insomnio.
Seguro que los recuerdos de la noche triste se confunden con otras imágenes de lecturas y reportajes de día posteriores. Me veo en una conversación con el doctor Gila reviviendo uno de los peores momentos de aquella. El tenía muy presente cómo un sujeto subió a la tribuna, en un clima de silencio propio de un cementerio, (no recordaba si el silencio existía antes pero sí, y todos nosotros corroboramos su engrama, que después fue aún más intenso), y dijo con voz tan satisfecha como culpable: “Bando que el capitán general de la III Región Militar ha hecho público en Valencia. Quedan prohibidas…” Y siguió con declaración que anunciaba lo que todos suponíamos, el golpe de Estado que truncaba los esfuerzos, las esperanzas y la ilusión de muchos. ¡Pavía revivido!
Por mi parte, al asentir en la desilusión que nos invadió al escuchar la monstruosidad, añadí que definitivamente perdí la esperanza cuando, el mismo lector maldito, u otro que para el caso es igual volvió a manchar la Tribuna diciendo con voz todavía más engolada y despreciable. “Guardias, la II,III,IV y V Regiones Militares se han sumado a la Declaración de Milans del Bosch”. Un paisano con vaqueros y un anorak de color verde aplaudió complacido el anuncio. Civiles y militares, no había lugar a las dudas.
Antes o después de esto, da igual, hicieron salir del hemiciclo a Suarez, a Felipe González, a Rodríguez Sahagún, a Guerra y a Carrillo. ¡Ya empieza la saca!-comentó a mi lado un viejo diputado socialista que había vivido algo
parecido muchos años antes. Todos temimos lo mismo; solamente cuando un par de horas después un ujier solicitó ropa de abrigo para uno de ellos, Felipe González o Guerra, un hálito de tranquilidad acompañó al lógico ¡No están lejos! Al día siguiente supimos que habían pasado la noche en el Salón al que daba nombre un reloj construido por un militar suizo que contabiliza hasta los siglos. De cara a la pared como colegiales, cada uno en una esquina.
Un golpe de Estado, es un golpe de Estado…fue un intento de golpe de Estado. Si, en los ensueños podía repetirlo, sin que hubiera un pequeño resquicio a la esperanza como no lo hubo en la noche de verdad. No la hubo, los asaltantes pasearon su triunfo con arrogancia hasta pasada la media noche, no había lugar para las dudas. Un tipo vestido con uniforme de marino entró en el hemiciclo: ¡la Marina se ha unido al golpe! Un ruido de un avión sobrevolando el Edificio. ¡No había duda, todos los ejércitos se han sumado! Supimos después que algunos de los presos había seguido los acontecimientos del exterior por una radio portátil, pero nosotros, yo, no tuve noticias de que nuestras suposiciones eran miedo más que realidad
La próstata ha sido siempre una buena excusa para todo y la utilicé para, como en la escuela, pedir permiso para hacer aguas menores. ¿Han aliviado alguna vez su vejiga con el cañón de un Cetme apretando su espalda? Lo cierto es que no lo impide, pero puede dispararse en la imaginación. Al finalizar me acerqué al consultorio del Dr. Petinto al que habían permitido hacerse cargo de la misma. No me impidieron hacer una “consulta”, para ofrecerle mis servicios. Por lo que recuerdo Fuejo hizo lo propio con otras excusas.
Al viejo diputado socialista de mi derecha se le corrigió una taquicardia paroxística por el método más clásico: presión en el cuello. Fue mi primera intervención médica de la noche. El viejo diputado había presidido, como el mayor de edad, la sesión de constitución de la Cámara. Aquella noche no estaba para bromas, pero la broma era decirle, cuando leías los votos para Presidente, ¿qué decías Landelino Lavilla o Landelino Ladilla?
La autoridad militar no llegaba pero los resistentes empezábamos a padecer las consecuencias de su retención. Era momento para prestar ayuda a los recluidos, la intentona parecía superada por las circunstancias y los ocupantes no pusieron obstáculos a nuestra labor.
Cada uno de nosotros se dedicó a atender a algún necesitado; en asuntos leves: lipotimias, nauseas, mareos. También algún ataque de ansiedad, como el que protagonizó un diputado mayor hacia las 6 de la mañana; sedía en los asientos de arriba, y desde ellos bajó las escaleras gritando: “Disparen si quieren pero yo no aguanto más”. No dispararon, estaban de retirada, pero alguien tuvo que acudir rápidamente a tranquilizar al osado, al que se llevaron dos guardias civiles fuera de nuestra visión. ¡Hubiera sido tremendo que a la hipoglucemia del valentón se hubiera sumado la de los valentones!
La realidad imita a la farsa: evacuaciones urgentes solo hubo dos, la de un diputado por Cáceres al que sangró una úlcera duodenal y ¡la de un guardia civil que sufrió un ataque epiléptico en toda regla!. O al menos una convulsión que se lo parecía. Me tocó atenderlo por la casualidad de pasar por allí. “Si, si, -respondí al Dr Petinto que manifestaba su extrañeza-.yo atendí a un joven guardia de una convulsión con toda la pinta de un ataque epiléptico”. “¿En un militar?”,-me preguntó el Doctor- “Si es una causa de exclusión...” “Eso fue lo que yo les dije a los que me estaban mirando; incluso uno de ellos me comentó que no era la primera vez que le pasaba. Pero así fue. Le acomodé lo mejor que pude y lo dejé en manos del Dr. Petinto. ¿Te acuerdas de la situación?” “Si, hice el parte correspondiente y le evacué, me acuerdo perfectamente”.
El final: salir ordenadamente por la puerta de San Jerónimo. En ella me esperaba mi mujer que había pasado la noche con el menor de mis hermanos, deambulando entre soldados, guardias civiles y policías nacionales. No puedo decir que no me emocioné, porque un periódico publico mi fotografía, con lágrimas en los ojos. Aquella noche mi mujer recibió la llamada consoladora de un general médico militar padre de un colega de hospital. Se lo agradecimos personalmente días después. No agradecimos, sin embargo, el comentario de los acontecimientos de un hermano de ella que estaba reunido en Conferencia Episcopal, antes de irse a dormir: “No pasa nada”.
El parte de incidencias que redactó el Dr. Pérez de Petinto notificó sobre todo cosas menores: pero no olvidó una propuesta de Declaración de agradecimiento de la Mesa del Congreso a nuestra colaboración. Gracias. Fue un acto que recordamos meses después, antes de que nos abandonara.
Termino de escribir todo esto entre recuerdos vívidos y otros no tanto que rellenan las lagunas, una madrugada en las que aquellos, removidos por el impredecible clima de Febrero, dificultaron mi descanso.

 


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