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 Experiencias durante la Dictadura

Las despedidas
José Luis Buelga Gonzalez Enviar mensaje

Las despedidas


- Estamos aquí reunidos para despedir a nuestro hermano Pedro Vázquez al que Dios bondadoso acogerá en su seno.
La iglesia de Uldecona estaba abarrotada de personas que querían rendir homenaje a nuestro compañero Pedro. En la primera fila su mujer, su hija y su hijo.
Mientras el sacerdote oficiaba la misa yo repasaba los episodios de la vida del compañero, guía de todos los que al llegar a Ginebra se le acercaban.

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Pedro había llegado a la ciudad helvética después de mil peripecias. Ahí vivía también su hermano. Socialistas convencidos los dos, tenían, sin embargo, ciertas desavenencias debido a que Pedro simpatizaba con el socialismo renovado mientras que su hermano seguía fiel a Llopis y a Saborit.
Los dos hermanos eran gallegos y Pedro había trabajado en el Ayuntamiento de su pueblo. Estaba afiliado a las Juventudes Socialistas. A la caída de Galicia en poder de los facciosos, Pedro combatió en la guerrilla hasta que el gobierno de Franco fue reconocido por los Estados Unidos. Su grupo decidió dejar la lucha armada y él se fue clandestinamente a Portugal con el fin de llegar a Francia o a Suiza. Desgraciadamente cayó en manos de la policía de Salazar y se pasó varios años en la cárcel. Puesto en libertad se fue a Suiza, encontró trabajo en una imprenta y con ayuda del Partido Socialista Suizo organizó la Universidad Obrera. Los locales eran del Partido. Allí había una biblioteca, varias aulas donde se impartían cursos de francés y de otras materias siempre dirigidos por voluntarios. La Universidad había creado también un grupo de teatro que representaba obras de carácter social.
Pedro era bajito, con ojos vivarachos, la sonrisa siempre en la boca y predispuesto en cualquier momento a realizar actos de solidaridad o ayudando a todo aquel que se le acercara. Mi mujer y yo, después de sufrir las injusticias del franquismo llegamos a Suiza donde conocimos a Pedro y entablamos una amistad profunda y duradera con él, su mujer y sus hijos.
Mi mujer, hija de un marino republicano exiliado en Argelia y yo hijo de un minero asturiano nos conocimos en mi pueblo. Al terminar la carrera de médico – que cursé con una beca de la Caja de Jubiliaciones -me trasladé a Oran.
Argelia estrenaba la independencia y así como cooperación técnica pude ejercer allí mi carrera durante cuatro años.
Corría el año 64 y nos casamos por lo civil en el Ayuntamiento de Orán pero en el consulado español no quisieron reconocer nuestro matrimonio por no ser canónico.
Con el nacimiento de nuestras hijas surgió un nuevo enfrentamiento con el consulado. En 1967, después del golpe de estado de Boumediene, nos marchamos a Montpellier donde empecé la especialidad de neurología y en donde viví el mayo del 68.
Al año siguiente nos trasladamos a Suiza y allí me especialicé en psiquiatría. Paralelamente apoyé a grupos antifascistas para acabar militando en el PSOE de la emigración.
Fue Pedro Vázquez quien me propuso representar junto con César,- profesor universitario y huérfano de un guardia de asalto- a La Universidad Obrera en la Junta Democrática.
En el 76, después de la muerte del dictador, regresé junto con mi mujer y mis tres hijas a España, más precisamente a Valencia donde ayudamos al crecimiento del Partido y de la UGT.
Pedro lo haría poco después estableciéndose en Ulldecona donde ya vivían su mujer y sus hijos. Pedro se había casado en Ginebra con una maestra que había conocido en la Universidad Obrera.

Al llegar a Ulldecona siguió organizando y animando actividades culturales en la agrupación local del Partido y en la comarca.
Desde que en sus años mozos se afilió a las Juventudes, Pedro siempre estuvo en la brecha. En Ginebra se le veía en todos los actos y manifestaciones reveindicativas y de solidaridad, siempre sonriente y siempre activo, luciendo, en los días de invierno una larga bufanda tricolor.

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El cura rogaba nos diésemos la paz. Nos abrazamos llorando.
Salió el féretro de la iglesia con los restos mortales del compañero y un reducido número de personas lo acompañamos para darle la última despedida.
En el trayecto César, con un gesto de enfado, comentó:
- No he podido dejar de pensar durante toda la misa lo serio que estaría Pedro.

En el cementerio, César, María José, Mirna y yo le despedimos como sabíamos que a él le hubiese gustado: con el permiso de los hijos cubrimos el féretro con la bandera republicana y Mari José recitó un hermoso poema en catalán.
Así, en un ambiente cálido y fraternal, abrazando a sus hijos con quienes compartíamos la emoción del último adiós, Pedro entró, arropado con la bandera, en su última morada.
- Pedro ha recuperado su legendaria sonrisa, -comentó Cesar.

¡Nunca te olvidaremos, Pedro!

Paterna 6-02-2010.

José Luis Buelga, psiquiatra y militante.

 


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