En el desván de la memoria.
EN EL DESVÁN DE LA MEMORIA
A la memoria de mis abuelos
Manuel e Isabel
En días lluviosos, como los muchos que han ocupado el mes de diciembre que acaba de terminar, donde multitud de nubes han cubierto el cielo de oscuridad, provocan en mí algo parecido a la nostalgia, que me trae el recuerdo de la persona que me enseñó el significado de palabras como solidaridad, generosidad, fortaleza y me demostró con modestia que jamás olvidó el dolor que llenó toda su vida, sin embargo el resentimiento no invadió su corazón, a pesar de los años que le tocó sufrir afrontando ser quien era en un mundo al que no pertenecía ni ella ni la mitad de la población.
Cuando otros países que vivieron dictaduras, poco a poco intentan cerrar heridas, entierran a sus muertos, juzgan a aquellos que las fomentaron y provocaron, y procuran encontrar a sus niños perdidos. Cuando las personas que han crecido en democracia y disfrutado de la libertad que hoy vivimos no conocen siquiera que España hace setenta años fue una República, una democracia por un breve espacio de años, ni tampoco quiénes fueron aquellos que traicionaron el derecho de todos y todas a vivir en igualdad de derechos, una noticia aparecida en un periódico sobre la fosa en la que se suponía que estaba enterrado Federico García Lorca y otras tres personas más, me ha dado el argumento que necesitaba para honrar la memoria de Isabel y Manuel y traerlos a la historia que ellos también escribieron.
Ahora cuando las canas se dejan ver en mis sienes, a veces me asalta el desconsuelo de no haber conocido apenas esa otra parte de su vida, que sólo vivió en su memoria a partir de aquel veintinueve de junio del primer año de la victoria, como aparecerían denominados los años una vez acabada la guerra civil.
En mi casa a penas se habló de él, tan sólo que era el padre de mi madre. Cuando las preguntas inocentes de dos niñas, ante un comentario sobre el abuelo Manuel escuchado tras la puerta entornada, llenaban el pequeño comedor, mi padre siempre contestaba a callar, que hasta las paredes oyen. Yo no sabía qué quería decir con aquella expresión, pero de cualquier forma zanjaba rápidamente la conversación.
Hasta algunos años después tampoco conocí por qué mi abuela Isabel guardaba silencio de aquella forma, por qué agachaba la cabeza, a mí me daba la impresión de que el miedo se hallaba instalado en su cerebro, de tal manera que aún habiendo muerto el dictador ella seguía sin hablar, probablemente porque seguían viviendo muchas de aquellas personas que tuvieron que ver, con la pena de no dejarles envejecer juntos.
No entendía los gritos y las palabras prefiero morirme antes que ese hombre me ponga una inyección, un día que se hallaba enferma y mi madre llamó al practicante para colocarle la inyección; a partir de ese momento empece a conocer pequeños retazos de la vida de Isabel y Manuel. Habían pasado treinta y nueve años desde que terminase la guerra y aún en su memoria seguía recordando esos días como si sólo hubiesen pasado unas horas. Ese hombre excesivamente gordo, de cara colorada y desagradable, que estaba a un lado de su cama era aquel falangista que trajo a Manuel atado de pies y manos desde un campo de concentración en las Alpujarras granadinas hasta el pueblo, dos meses después de finalizar la guerra.
Había llegado el tiempo donde el miedo era prioritario para sobrevivir, había nacido la época de trabajar y de callar, porque debía de cuidar de una niña de dos años, y porque era mejor no volver la vista atrás. Aunque pasados unos años un militar quiso casarse con ella, no lo aceptó ya que según sus palabras por muy bueno que fuese aquel hombre, también era el culpable de la muerte de Manuel. Isabel vivió viuda, desde los veinticuatro años, el resto de su vida.
Pasado los años desde que ella muriese fui descubriendo pequeños retazos de sus vidas, que hoy me sirven para sentirme orgullosa de mi abuelo Manuel y de la fortaleza que mantuvo mi abuela Isabel toda su vida, cómo estando viuda y viviendo en casa de la madre de su marido llegó a robar a su suegra para dar algo de comer a otros, en los años de la postguerra, cuando el hambre hacía estragos. Esa forma de ayudar la mantuvo a lo largo de su vida y sólo nos enteramos de que socorría a varias familias, cuando ésta murió.
Manuel había comenzado a militar en el PSOE siendo aún muy joven, y su madre siempre se quejó de que un hombre que vino de la capital le metió en la cabeza esas ideas que le llevaron a la muerte, porque hasta entonces él no había participado en la política. Lo cierto es que Manuel, a pesar de ser agricultor, era un hombre con conciencia social, preocupado por aprender, disfrutaba de la lectura, y cuando terminaba la siega y el aventado de la paja en la era antes de que le venciera el sueño dedicaba un rato a leer. De lo poco que nos contó mi abuela, hablaba con satisfacción de él, de cómo mi abuelo, si estaban sentados a la mesa y llamaba alguien a la puerta pidiendo algo para comer, le hacía pasar y le daba su comida. Nadie que llegaba a su casa pidiendo se iba con las manos vacías.
Le mataron con veintiocho años, y aún así años después los viejos del pueblo le recordaban por su buena oratoria, comentaban que su forma de hablar enganchaba a los que le escuchaban. Aquellas personas con las que charlamos, y que ya murieron nunca supieron decirnos qué cargo tenía durante los últimos tiempos de la República, unos decían que era concejal del PSOE, otros que Secretario General de la Agrupación del pueblo, sea cual fuere el cargo que ostentara luchó por la libertad y como otros cientos de miles de personas murió por pertenecer al bando perdedor.
Cuentan que salvó la vida de varias personas de derechas, de las manos de aquellos compañeros incontrolados, pero cuando llegó la hora de que alguien hablara por él, nadie alzó la voz. La guerra acababa de terminar y había comenzado la victoria, eran tiempos de revanchismo, de venganza, de delación y sobre todo de represión y era peligroso hablar a favor de los perdedores.
No sé si la Ley de Memoria histórica le sirve a él, porque no le enterraron en una zanja al borde de un camino, ni tampoco lo fusilaron delante de una tapia, a él le enterró su familia en un rincón del cementerio, bajo un olivo, en el lugar donde hallaban el descrédito los que se suicidaban.
Cuando aquella mañana llamaron a Isabel y a mi bisabuela para que fuesen a la casa de Falange y le entregaron el cadáver de Manuel, supo al instante que le habían asesinado, en las pocas ocasiones que nos habló de él, nos contó que cuando lo recogieron tenía grandes zonas del cuerpo amoratadas y el cráneo destrozado, ella decía: maduro como una breva, por la enorme paliza que recibió, y ahorcado después para hacer creer que el causante de su muerte había sido él mismo.
Alguien pagó a dos falangistas, hermanos, que difundieron la historia de que estarían dos días en Jaén en una reunión política, con el fin de que no recayese alguna duda sobre ellos, y ese mismo día por la tarde acudieron a la casa de Manuel para dar el pésame a la familia, que mermaba por días.
Pasado un tiempo el Secretario del Ayuntamiento trató de averiguar quién había sido el causante de su muerte, sin embargo murió antes de concluir su investigación. Sin embargo en mi familia siempre se tuvieron grandes sospechas de quién pagó por su muerte, por doloroso que parezca fue alguien que había sido un gran amigo suyo. Manuel conocía por boca de éste, la fortuna que había amasado durante la guerra dedicándose al estraperlo para ambos bandos. Su asesino sabía perfectamente que si esto llegaba a oidos de los superiores falangistas, su vida dependería de un hilo, estaría perdido, lo más acertado era hacerlo desaparecer por miedo a que hablase, dado que días después mi abuelo iría a juicio.
En el espacio de cuatro meses Isabel perdió dos hermanos, uno fusilado, y otro muerto en la casa de Falange a causa de los interrogatorios, y a Manuel, su marido. Una de las hermanas de éste fue detenida por haber participado en la guerra como miliciana, le raparon la cabeza, le dieron a beber aceite de ricino y la pasearon por el pueblo como escarnio. Isabel se salvó de que le raparan la cabeza, porque tenía un primo falangista que habló en su favor.
Sin conocer de quién provenía, la hija de Manuel recibió una pensión de orfandad hasta la mayoría de edad, Isabel jamás quiso saber quien fue aquella persona que quizás con esa acción intentó pagar una gran deuda.
…Y la oscura noche se cernió sobre la mitad de la población, sobre el bando perdedor.
Una vez que llegó la transición democrática, Isabel, su hija, el marido de ésta y su nietas cavaron al pie de aquel olivo hasta encontrar los restos Manuel. Aún recuerdo las lágrimas de Isabel y su hija cuando la primera reconoció el cráneo destrozado de él. Desde aquel día en la lápida de una tumba del cementerio acompañando a una foto se puede leer: Manuel Plaza González y la fecha 29 de junio de 1939, descanse en paz. No se si esto cerró la herida pero al menos está donde debe de estar.
Aún hoy muchas personas de los que heredamos la libertad por la que lucharon otros, siguen olvidándose de recuperar la memoria de aquellos hombres y mujeres que sufrieron la represión que tuvieron que exiliarse y de aquellos que murieron por defender sus ideas, cuando los que vivimos la fortuna de tiempos de democracia y libertad, unos alegando no querer remover la historia y otros por motivos de idoneidad del momento político, los seguimos manteniendo en el desván de la memoria.
Juana Díaz Plaza