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 Experiencias vividas durante la República

SIXTO
Francisco Martin Enviar mensaje

SIXTO
( A Sixto Arroyo León)

No pude despedirte ni darte el último adiós en el atardecer del cementerio de la pequeña aldea de la Pedriza. Me lo impidieron motivos profesionales. Te fuiste a los noventa años y pico, con una agenda y una biografía completamente redonda, tan gallardo, tan generoso, derrochando vida y simpatía en tu residencia bien ganada; te fuiste como el encinar del Castellón y con la nobleza de la Encina Leona de tus tierras pedriceñas. Sixto Arroyo León, un aldeano de antaño, de los de paño cuartoceno, sombrero de paja y capacha de esparta; un campesino de piel curtida en las siegas de las tierras del Sapillo y en los olivares del Alamoso. Un trozo de piel arrancada en intrahistoria de la vida cotidiana de nuestro municipio. Tengo tu diario que me regalaste, una joya de la historia social de un siglo ilusionante e irrepetible ( desde el nacimiento de las sociedades obreras hasta la vivencia de la democracia actual pasando por la noche oscura del franquismo); en él no puntuabas, ni cumplías las reglas de ortografía ( demasiado, para un labriego que tan sólo pudo ir, tras la jornada de más de horas de trabajo y por la noche, a la escuela de un maestro garrotero de los años veinte del siglo pasado); tampoco cerrabas las frases con giros solemnes ni figuras de retórica ficticia, pero tus textos son una joya para los historiadores y respiran la vida de tantos hombres que nacieron en el cénit del Antiguo Régimen ( sí, el tiempo de la monarquía turnista y la dictadura de Primo de Ribera). Así lo manifestaba aquel joven jornalero de aquellos tiempos:

“Entonces se comía muy mal, nada más que migas y potaje. Y no todo el que uno quería; por causa de no tener en las casas de los pobres dinero para comprar comestibles, porque no se ganaba casi nada, y adonde había mucha familia, salían pidiendo fiado y yendo a los cortijos a ver si te daban algo sobrado de comida. En algunos te daban algo, pero en otros te decían Perdona, por Dios. Cuando entró la República, yo trabajaba en donde me avisaban, hacía hoyos para olivos, trabajaba en los caminos vecinales. A los mayores les daban cuatro pesetas y a los de catorce años, tres pesetas y cincuenta céntimos”.


Y aquellos hombres se adentraron en la libertad de la Segunda República, lucharon por la libertad perdida y la recuperaron aquel quince de junio de 1977. Pero a ti te marcó, sobre todo, aquella República en la que te sentías librado de la opresión del trabajo; y es que en la República estaban puestas todas las esperanzas.


La democracia dichosa le redime
Al obrero que la tierra labra y cuida,
Regando con su frente aquellos frutos
Que del mundo entero es la vida.
Señores, es la madre venerada eternamente,
Bendecida por su hijo con ardor.
Si vivimos de l trabajo, y nos lo oprimen,
Esa es la causa que perezca una nación


Fuiste un costumbrista sin saberlo, un etnógrafo sin pretenderlo y un archivista sin estudios. En tu mente, quedaron fijadas miles de historias que, luego, otros ponían estilo y forma: tuyos son los cuentos rurales recuperados en revistas locales (los contrabandistas, la Encina Leona, los ladrones cazados, el enano,….); tuyas son muchas canciones recuperadas del Carnaval de aquellos años treinta de libertad para los trabajadores, cuando se agrupaban los gremios de Alcalá y aldeas para hacer auténticas chirigotas y críticas sociales de un momento que despertaba tantas utopías. Las recordabas, a tus ochenta años, como si fueras una cámara de filmación, y proyectabas sobre nosotros aquel primer mayo de la II República, cuando se concentraron en la plaza de tu ciudad muchos obreros de las Sociedades de las aldeas, que venían caracterizados con comparsas carnavalescas, y además provistos de sus banderas republicanas y socialistas, retratos de Galán y Hernández y Pablo Iglesias y acompañamiento de instrumentos musicales. No nos extraña que los obreros de las aldeas sintieran suma admiración por el nuevo alcalde republicano. Y así se lo manifestaban ante las puertas del ayuntamiento, con motivo de este Primero de Mayo tu comparsa de la Pedriza, vestida con harapos y con las caras pintadas de negro al son de la música del himno republicano de Riego.

Que viva don Pablo Batmala,
Con sus dignos concejales,
Porque ha sabido triunfar
Con muchas contrariedades.
La Pedriza desea con anhelo
La felicidad de su jefe,
Y que siga de Alcalá
De cuyos motores su eje.
Que viva don Niceto,
Fernando de los Ríos,
Viva Indalecio Prieto
Y Marcelino Domingo,
Casares, Martínez y Caballero.
Esos son los ministros
Que defienden a nuestro pueblo.


Tuyas, también, fueron las narraciones recuperadas de fiestas como la del Vino en la aldea de la Pedriza; tuyas son las descripciones de momentos claves para la historia contemporánea de nuestra ciudad
Cuando te contemplé exánime y lívido con la blancura del tánatos, recordé un cúmulo de historias, vivencias, desgarros y la profusa simpatía que me derrochaste en estos últimos años de tu vida. Me vinieron a la mente aquellos cantos de agradecimiento a tu alcalde por un lavadero que trataba de paliar la salud e higiene de tu familia en los años treinta del siglo pasado:

En la República
Se hizo un lavadero
a fuerza de mil fatigas
si falla el agua al arroyo
y no se llenan las pilas.

Te veía con tu padre, recibiendo un préstamo de la generosidad del alcalde Batmala, trabajando en las obras públicas de los caminos de Cantera Blanca, cantando al primer gobierno de la República en los carnavales del año treinta o, años después:

Pobre España,
Qué malas trazas llevas,
De verte libre y franca,
Y en buena posición
Cada día que pasa,
cambia total la situación.
progresando por este camino,
Yo te aseguro que vamos a parar
al fascismo o al infierno derecho,
ciertamente, valgo más.


U otras donde se manifestaba tu carácter obrerista.
España tiene terreno
De superior calidad,
Dedicado a conejos y perdices
Todo erial.
Que con una renta baja,
El obrero agricultor
Tendría pan para sus hijos
Y para toda la nación.

O, sufriendo las metamorfosis de los políticos de aquel tiempo duro del bienio negro, cuando eran tan intensos la introducción del republicanismo y el crecimiento de los partidarios del Partido Radical Republicano que el pueblo cantaba con la comparsa de tu amigo el Terremoto:
Por cierto, un amigo mío,
Que se ha hecho radical,
Si la tortilla no cambia,
Hubiera sido sacristán.
De rarezas de esta clase
Infectado está Alcalá.

Otras veces, con motivo del golpe de estado de 1936, te veía defendiendo (o simulando ser miliciano, como decías), en un puesto de guardia del Castellón, al gobierno legalmente establecido con un fusil sin percutor. O sufriendo el frío de las sierras de Frailes como miliciano en la guerra civil; y en plena guerra, te veía completamente desangelado como soldado republicano en las sierras del Guadarrama al final de una guerra que nadie quería y encuadrado en una batallón donde las esperanzas se desvanecieron en el fallido pacto de Casado. También te veía descorazonado contemplando a otros fueron héroes (y así lo pusieron en sus lápidas), y a ti te dejaron como vasallo y despojado de tus derechos.

Te vi regresando a Guevo, en los años cuarenta obligado a ser soldado nacional por el injusto título de “ desafecto al régimen”; te vi. en Port Bou trabajando como soldado penitenciario para redimir penas.. Pero, en tu cara, no faltaba la alegría, tampoco se ausentaban la generosidad, ni la caballerosidad de un alcalaíno con porte de hombre de frontera. Eras memoria histórica, sin rencor ni resentimiento. Agradecido con lo que te habían traído la democracia, la paz, el poder participar, la dignidad de ciudadano, incluso, y la prestancia servir a tu aldea cuando te encomendábamos labores de voluntario en el centro social de “El concejal Dionisio Carrillo” de tu aldea. Te fuiste, es verdad, Sixto. Pero, nunca olvidaré tu empatía, el café esperado durante el recreo de mi Instituto y tu agenda, que es una historia de la vida de un campesino al que le dediqué un réquiem de amor y compañerismo el pasado lunes al salir de mi trabajo en el crepúsculo de la tarde.

Francisco Martín Rosales.

 


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