

Experiencias vividas durante la República
SIXTO
SIXTO No pude despedirte ni darte el último adiós en el atardecer del cementerio de la pequeña aldea de la Pedriza. Me lo impidieron motivos profesionales. Te fuiste a los noventa años y pico, con una agenda y una biografía completamente redonda, tan gallardo, tan generoso, derrochando vida y simpatía en tu residencia bien ganada; te fuiste como el encinar del Castellón y con la nobleza de la Encina Leona de tus tierras pedriceñas. Sixto Arroyo León, un aldeano de antaño, de los de paño cuartoceno, sombrero de paja y capacha de esparta; un campesino de piel curtida en las siegas de las tierras del Sapillo y en los olivares del Alamoso. Un trozo de piel arrancada en intrahistoria de la vida cotidiana de nuestro municipio. Tengo tu diario que me regalaste, una joya de la historia social de un siglo ilusionante e irrepetible ( desde el nacimiento de las sociedades obreras hasta la vivencia de la democracia actual pasando por la noche oscura del franquismo); en él no puntuabas, ni cumplías las reglas de ortografía ( demasiado, para un labriego que tan sólo pudo ir, tras la jornada de más de horas de trabajo y por la noche, a la escuela de un maestro garrotero de los años veinte del siglo pasado); tampoco cerrabas las frases con giros solemnes ni figuras de retórica ficticia, pero tus textos son una joya para los historiadores y respiran la vida de tantos hombres que nacieron en el cénit del Antiguo Régimen ( sí, el tiempo de la monarquía turnista y la dictadura de Primo de Ribera). Así lo manifestaba aquel joven jornalero de aquellos tiempos: “Entonces se comía muy mal, nada más que migas y potaje. Y no todo el que uno quería; por causa de no tener en las casas de los pobres dinero para comprar comestibles, porque no se ganaba casi nada, y adonde había mucha familia, salían pidiendo fiado y yendo a los cortijos a ver si te daban algo sobrado de comida. En algunos te daban algo, pero en otros te decían Perdona, por Dios. Cuando entró la República, yo trabajaba en donde me avisaban, hacía hoyos para olivos, trabajaba en los caminos vecinales. A los mayores les daban cuatro pesetas y a los de catorce años, tres pesetas y cincuenta céntimos”.
Que viva don Pablo Batmala,
En la República Te veía con tu padre, recibiendo un préstamo de la generosidad del alcalde Batmala, trabajando en las obras públicas de los caminos de Cantera Blanca, cantando al primer gobierno de la República en los carnavales del año treinta o, años después: Pobre España, O, sufriendo las metamorfosis de los políticos de aquel tiempo duro del bienio negro, cuando eran tan intensos la introducción del republicanismo y el crecimiento de los partidarios del Partido Radical Republicano que el pueblo cantaba con la comparsa de tu amigo el Terremoto: Otras veces, con motivo del golpe de estado de 1936, te veía defendiendo (o simulando ser miliciano, como decías), en un puesto de guardia del Castellón, al gobierno legalmente establecido con un fusil sin percutor. O sufriendo el frío de las sierras de Frailes como miliciano en la guerra civil; y en plena guerra, te veía completamente desangelado como soldado republicano en las sierras del Guadarrama al final de una guerra que nadie quería y encuadrado en una batallón donde las esperanzas se desvanecieron en el fallido pacto de Casado. También te veía descorazonado contemplando a otros fueron héroes (y así lo pusieron en sus lápidas), y a ti te dejaron como vasallo y despojado de tus derechos. Te vi regresando a Guevo, en los años cuarenta obligado a ser soldado nacional por el injusto título de “ desafecto al régimen”; te vi. en Port Bou trabajando como soldado penitenciario para redimir penas.. Pero, en tu cara, no faltaba la alegría, tampoco se ausentaban la generosidad, ni la caballerosidad de un alcalaíno con porte de hombre de frontera. Eras memoria histórica, sin rencor ni resentimiento. Agradecido con lo que te habían traído la democracia, la paz, el poder participar, la dignidad de ciudadano, incluso, y la prestancia servir a tu aldea cuando te encomendábamos labores de voluntario en el centro social de “El concejal Dionisio Carrillo” de tu aldea. Te fuiste, es verdad, Sixto. Pero, nunca olvidaré tu empatía, el café esperado durante el recreo de mi Instituto y tu agenda, que es una historia de la vida de un campesino al que le dediqué un réquiem de amor y compañerismo el pasado lunes al salir de mi trabajo en el crepúsculo de la tarde. Francisco Martín Rosales. |
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