

Experiencias durante la Dictadura
1er. Premio
Lunas de piel tostada
Recuerdo de mi abuela aquellos trémulos flanes de huevo que, a mis ojos de niño, aparecían como una enorme luna de color tostado, llena de cráteres por los que se filtraban ríos de caramelo y discurrían las tardes de la infancia. Coronaban aquellos flanes generosas montañas de nata, desproporcionadas e intensas, con las que Dolores ahuyentaba los fantasmas del hambre de su posguerra. De aquella casa desaparecida mi memoria se esfuerza por recuperar pequeños detalles sin importancia. Los azulejos fríos de la cocina. La madera húmeda de sus ventanas. Las baldosas sobre las que corrían pequeños coches con sus diminutas portezuelas abiertas de par en par, listos para iniciar un imposible vuelo que les llevaba a explorar el pasillo. Las habitaciones apenas caldeadas. La sala de estar y, al fondo, el sancta sanctorum de un salón destinado sólo a las visitas: aquel territorio vedado en el que la oscuridad ocultaba tesoros inalcanzables -una ardilla disecada, un tocadiscos del que sólo salían boleros en las tardes de domingo, el álbum de las viejas fotografías, el cajón de los mecheros, los viejos relojes del abuelo-. Mi memoria puede deambular durante horas por aquella vieja casa sin crear nunca una imagen definitiva: sometido el recuerdo a un “efecto túnel” que elimina rincones, desdibuja armarios y termina por causarme una fatiga visual que provoca el abandono del improbable viaje al tiempo remoto de los niños. Sólo el jardín permanece nítido en mi memoria: la frescura de las calas que mi abuela cultivaba, los geranios en sus macetas de lata, el pequeño camino de grava antigua y aquel tendedero en el que las sábanas eran trampas para el viento y el sol parecía refrescarse en las tardes de agosto. A escasos metros, la carretera separaba la casa de un mundo extraño poblado por las chimeneas de los altos hornos que llenaban las cunetas de un polvo sucio y feo al que sólo ponían freno los grupos de calas y hortensias dispuestos como límite del jardín. Dolores era el alma de aquella casa y ahora se pasea por mis recuerdos con la historia que nunca salió de sus labios. Mi abuela no tuvo pasado. Recuperar su vida es un ejercicio inaccesible a mi memoria. Únicamente puedo imaginar su presencia oculta junto al abuelo. Imaginar su vida nunca contada, los lugares, los momentos condenados a la penumbra que siempre acompañan al hilo principal de una historia, los laberintos de una vida cotidiana que discurrió paralela a un trayecto de guerra y derrota. Olvidar fue el gran empeño de mi abuela y el silencio fue su herencia. El miedo le dio a Dolores la fuerza necesaria en su tarea por borrar las huellas de sus pasos y dejar sólo a los años venideros el rastro humeante de sus guisos sobre el fuego de una cocina de carbón o la piel de caramelo de un flan con vocación de inmensa luna tostada. De mi abuelo recuerdo el olor a tabaco, su gusto por los boleros y la actitud desconfiada que arrastran los derrotados. Esa amargura que teñía todos sus gestos y que sólo abandonaba en contadas ocasiones, cuando el mundo que le rodeaba le parecía seguro. Un sentimiento que debió ser tan ocasional como efímero más allá de las cuatro paredes de aquella casa ya desaparecida. No podría recordar cuando empezó mi abuelo a hablar con aquel afán de no ser interrumpido. Pero en algún momento de los años ochenta los relatos de guerra y derrota comenzaron a unirse al olor de azúcar quemada que llenaba la diminuta cocina de la nueva casa en la ciudad de mis abuelos. Y una de aquellas tardes, mientras Dolores se sumergía en sus pensamientos frente al fregadero, con un gesto de desaprobación dirigido al abuelo, él sacó del altillo del viejo armario que les había acompañado en la mudanza una antigua caja de tesoros. Y comenzó a hablar. Habló durante tantas tardes y con tanta rabia y con tanta amargura que las sobremesas pasaron a ser un alucinante viaje a lugares tristes, a espacios de amargura polvorienta, a trincheras por las que se paseaba el hambre y prisiones en las que los muros eran tan altos que hacían inimaginable la existencia de cocinas, o jardines, o casas con paseos de grava antigua y grupos de calas y hortensias que pusieran límite a todo lo sucio y feo. Mi abuelo fue reconstruyendo su historia mientras Dolores callaba. Era una historia de billetes que perdieron su validez cuando cayó el frente de Asturias, de contrabando de alimentos en las trincheras, de bocadillos de carne de burro y botellas de alcohol imposible, de cigarrillos robados, cárceles y trabajos forzados. Un relato de fugitivos, de noches con lluvia, de huidas por calles que sus nietos no reconocíamos aunque conservaran aún sus nombres y su empedrado: las mismas calles en las que habíamos jugado de niños y que vieron un día el terror de un hombre joven que llegaba del frente desmoronado. Conocí así la historia que mi abuelo sí recuperó. Ensimismado en aquellos relatos, pasando sus dedos sobre los antiguos billetes que la derrota dejó sin valor, sobre amarillentos papeles que recordaban condenas absurdas y libertades incomprensibles, sobre fotos imposibles de aquel joven, vestido de militar y con un cigarrillo entre sus labios. Mi abuelo me hablaba desde la tristeza y la amargura de los derrotados pero mi adolescencia me permitió colorear aquellas historias con pinceladas de heroísmo y grandes ideas que me permitieron digerir aquella narración terrible. Cuando mis abuelos murieron, a finales de los noventa, recuperé aquella caja llena de viejos papeles y fotos pobladas de extraños y desde entonces me asaltan los recuerdos de aquellos domingos por la tarde en los que, tras los guisos y los flanes coronados de nata, me permitieron rescatar la historia de mi abuelo. Pero ¿qué lugar ocupaba mi abuela en aquella historia? El silencio de mi abuela pesa ahora como una losa, un pozo de olvido que no fui capaz de detectar en tantos años y que ahora se hace inmenso. Una vida entera silenciada, a la que no había prestado atención. ¿Por qué había callado mi abuela? ¿Cuál es su historia no contada, olvidada premeditadamente, ahogada de forma voluntaria, disfrazada detrás de los gestos de desaprobación que dirigía mi abuelo cuando la memoria se desbocaba? En la caja de los viejos papeles hay algunas fotos de la abuela Dolores cuando era joven. No soy capaz de imaginármela en aquella casa que yo no conocí, la que precedió al hogar desaparecido de mi infancia: verla aterrada frente a los ojos hambrientos de aquel hombre que llegaba del frente, derrotado, fugitivo, sin nada que no fuera un puñado de billetes sin valor. Y meses después: ¿qué pensó Dolores en las colas interminables de aquellas cárceles, mientras sostenía en sus manos un paquete de comida que era el resultado de días enteros de privaciones, de noches desveladas por la soledad, por la preocupación sobresaltada de unos hijos que crecían? ¿Cuando mi abuelo regresó de la cárcel, después de los años de trabajos forzados, cómo afrontó Dolores tanta derrota, cómo endulzó el poso amargo del hombre destruido después de la humillación de años? ¿Hasta donde había llegado el miedo de mi abuela? ¿Cómo combatió Dolores la ausencia de futuro? ¿De dónde sacó las fuerzas para seguir cultivando calas, cuidando hortensias y recuperando geranios en viejas latas que adornaban cada uno de los peldaños de la vieja escalera de la casa desaparecida? ¿Cómo consiguió la abuela reconstruir la normalidad y tejer a su alrededor una red de olvido, enterrando su propio pasado? Conozco la historia del abuelo. Mi abuela Dolores, sin embargo, no tiene pasado. Su historia, una historia de heroísmo cotidiano, es quizá irrecuperable. Pero en días como éstos, cuando el mar de agosto envuelve mis pensamientos, recuerdo aquellas sábanas tendidas al sol y el jardín inverosímil en medio de las chimeneas de los altos hornos. Y aquella ventana de la cocina que se abría de par en par esperando a una legión de nietos que disimulaban ante el filete con patatas su esperanza de que, sobre el mantel de hule de los años, apareciese aquella luna de piel tostada, con su corona de nata con la que abuela Dolores ahuyentaba los fantasmas del hambre de su posguerra. |
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