

Experiencias durante la Guerra Civil Española
4º Premio
MACARIO MOREDA ALONSO
MACARIO MOREDA ALONSO Las dos mujeres habían madrugado, no en vano pretendían caminar la nada desdeñable distancia de 20 kilómetros antes de mediodía. La señora, bajita, delgada, con su negra melena deslizándose por la espalda en una exuberante trenza, llevaba en su cara el rictus más doloroso que podría imaginarse. La joven, niña aún, tan alta como su acompañante y de piel transparente, seguía a su madre a duras penas, temerosa, pero a la vez ajena a la realidad, nadie le había explicado lo que ocurría con claridad. Hacía un extraño calor a esas horas matutinas, el camino hacia Medina resultaba pesado y triste, pero tenían prisa, caminaban rápido. El padre de la niña se encontraba encerrado en la cárcel de la villa medinense hacía escasamente un mes, había sido acusado de rebelión en su pequeño municipio, Fresno el Viejo, por donde ni siquiera había pasado la guerra, pero era el tesorero de la Casa del Pueblo y ese “delito” debía de pagarlo a los ojos de los insurrectos. Las mujeres vieron a lo lejos el caballo montado que galopaba dejando una estela de polvo a su paso, a esas horas resultaba fácil la visión en estas tierras llanas; el jinete aceleró el paso en dirección a las mujeres, ellas se apartaban para dejar pasar al veloz corcel, pero no fue necesario, al llegar a su altura la montura se detuvo en seco y dirigiéndose a la señora el caballero espetó: - Ya no es necesario que sigáis, Macario está muerto y enterrado-, dicho esto se giró y volvió sobre sus pasos. La señora, de un golpe seco, quedó hincada de rodillas llorando desconsoladamente, la niña abrazada a ella lloraba a su vez susurrando dulces palabras de cariño, la carta que la mujer portaba en la mano cayó al suelo. Entre sollozos la joven recogió el papel lo abrió y leyó: “Venid a verme ya tengo sentencia y me van a fusilar” No llegaron a tiempo.
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