Nochevieja de 2009, Ana celebra su primera navidad con el Título de Maestra que había conseguido en Junio. Eso, no le liberaba de la obligación de estudiar, ya que tenía que prepararse las oposiciones que, aunque todavía le quedaba año y medio hasta que se convocaran, ella estudiaba todos los días según un calendario estricto que se había marcado. No podía permitirse ni academia ni, mucho menos, preparador porque su padre era albañil en paro, desde hacía más de ocho meses; y el único sueldo que entraba en su casa era el de su madre, que trabajaba de auxiliar administrativa en una fábrica de gaseosa. Trabajo que tenía en un vilo, porque ya habían echado a la mitad de sus compañeras que eran reemplazadas o por ordenadores, o por subempleadas de empresas de trabajo temporal.
Su novio Miguel, también estrena título universitario, Arquitectura, pero con la crisis no ha podido estrenar empleo. Sigue en un restaurante, cuyo menú principal es, la hamburguesa, en todas sus variedades, donde trabajaba en sus vacaciones de estudiante. Su padre, murió hace tres años en un accidente de tráfico cuando, conduciendo solo, su coche colisionó contra otro que hacía un adelantamiento indebido y que tenía al volante un conductor borracho y drogado. La madre de Miguel, con sesenta y cinco años, sólo dispone de una corta pensión de viudedad.
La noche vieja de 2008 fue muy distinta, el padre de Ana, que todavía trabajaba, les regaló un viaje a Londres que hicieron con sus amigos Pepe y María. Pepe estudiaba arquitectura con Miguel, era hijo de un profesor de la Escuela Superior y este mismo año consiguió una plaza de docente en el Departamento de su padre. María estudiaba con Ana Magisterio, pero este año se fue a Cambridge, para hacer un Master de Psicología que le han pagado sus padres que son médico y abogada.
La situación económica de Ana y Miguel este año era muy diferente a la de sus amigos. Esta Nochevieja tocaba tomar las uvas en casa de Miguel y luego la pareja, buscando intimidad, se fueron a dar un paseo hacia el parque en el que se conocieron. Los dos vivían cerca de él, en una barriada popular sevillana lejos del Guadalquivir. El paseo no fue como el que dieron por el Támesis el año anterior, pero también hacía frío. Había luna llena y aunque salieron después de la una de la noche todavía se veían cohetes en el cielo celebrando el cambio de año. La primera parte del paseo fue triste, hacía un mes que tuvieron que renunciar a ese piso VPO que les había tocado en un sorteo porque el banco no les dio la hipoteca. Ni la madre de Miguel ni los padres de Ana servían de avalistas.
Entre las lamentaciones en la conversación sobre su piso y la temperatura, los dos tenían mal cuerpo. Así que no se resistieron a la tentación de acercarse a una hoguera que calentaba a un chaval de unos catorce años y que no se veía “malote” como decimos en Andalucía. Cuando se acercaron al fuego preguntaron al chaval que cómo es que estaba sólo un día como ese, éste les respondió que era poeta y que estaba pensando en una letra para un rap. Sus amigos estaban celebrando el año viejo con petardos y cohetes pero él no tenía dinero para comprarlos y, aunque tuviera, esa noche Manuel, que así se llamaba nuestro niño poeta, tenía que esperar a su abuela. Eso explicaba que la hoguera estuviera tan cerca de la parada del autobús. Al preguntarle Ana si se le había ocurrido algo ya, Manuel respondió que no, que esa noche estaba en blanco.
Manuel estaba esperando a su abuela, una viuda de 70 años, porque vivía con ella desde hace cuatro años cuando su madre, drogadicta, empezó a cumplir una condena de diez por tráfico de drogas. La mujer ya había sido victima de algún robo de bolso y su nieto quería protegerla. La espera era más larga de lo que Ana y Miguel podían pensar. El chaval estaba en la hoguera desde que se hizo de noche, sobre las seis de la tarde. Su abuela había salido hacia el hospital por la mañana porque la policía le había avisado, a eso de las 12, que su hija, la madre de Manuel, había sido ingresada en el Hospital después de sufrir una sobredosis de drogas cuando salió con un permiso navideño de la cárcel. Haciendo cuentas, Ana preguntó al chaval que si había comido algo desde entonces, y aunque al principio se quedó en silencio, se ve que el pobre cogió confianza y les confesó que lo único que había tomado ese día fue el desayuno. Miguel, entonces, tuvo el impulso de sacar una tarta que su madre había preparado para los padres de Ana y se la ofreció a Manuel.
El chaval cogió un trozo, dio las gracias más por el detalle de afecto que por las ganas de comer, porque a duras penas conseguía masticar el manjar. Se mostraba desganado, y en cuanto pudo tragarse el primer trozo, que masticó lentamente y tragó con gran esfuerzo, mostró su angustia a la pareja “esto que está pasando hoy es muy raro, yo estoy seguro de lo que realmente pasa, es que mi madre no ha salido esta vez. A mi madre le ha pasado algo seguro, porque si no ya estaría aquí mi abuela como otras veces, nunca ha tardado tanto”.
Tanto Miguel como Ana quisieron darles esperanza diciéndole que no tenía por qué ser así. Ana, para distraerlo, le retó a que le dijera alguna letra, alguna poesía, de las suyas, pero el chaval no podía, esa noche de luna llena, de cohetes en el cielo, de coches con música a toda voz, de grupos de jóvenes saliendo hacia las fiestas, de luces de navidad por las calles, en los balcones, Manuel estaba aislado de todo eso. En su conversación con Ana y Miguel se veía que sólo pensaba en cuándo y en cómo llegaría su anciana y cargada de disgusto abuela, su único apoyo en la vida. Les contó que no sabía quién podía ser su padre, era hijo de alguno de los anónimos clientes de su madre cuando, para pagar la droga, ejercía de prostituta. Manuel no tenía muchos amigos porque antes vivían en otro barrio, en la otra punta de la ciudad, cerca del río, su abuela tuvo que vender el piso para pagar a los abogados de su madre.
Miguel intentó cambiar de tema para animar al muchacho diciéndole “sabes no me creo eso de que eres poeta” entonces Manuel sacó un papel de un bolsillo y se lo dio a Miguel. En ese instante llegó el autobús que traía a esa mujer con la cara desencajada, la cabeza cabizbaja, y cuyo rostro mostró un alivio infinito cuando vio a su nieto, no lo esperaba en la parada porque no se atrevió a llamarlo para no tener que darle la fatal noticia por teléfono. Aunque había pasado un día espantoso, todo le cambió cuando por fin vio a su niño. Al bajar del autobús abrió los brazos desesperadamente buscando el abrazo de su nieto, que no la hizo esperar, con una gran carrera se abrazó a ella y se fueron buscando el cobijo de su hogar.
Miguel y Ana se miraron con los ojos brillantes y se abrazaron porque no podían sostenerse la mirada. Buscaron la luz de la hoguera para leer el papel con la poesía de Manuel. El título: “No dejaré que me pase el tiempo”.
“El pasado como siempre se fue,
con lo malo y lo bueno ya no es nada.
¿Y el presente? ¿qué presente?
Ah, este, espera un instante, ya no existe.
Bueno, me queda el futuro,
ese siempre llega, y siempre cambia,
o lo buscas con trabajo y esperanza
o te encuentra y te machaca.”
Pasará el tiempo y Ana sacará sus oposiciones, hará muchos kilómetros en la carretera, un montón de ellos bajo el sol ardiente o bajo la lluvia tormentosa, hasta conseguir los puntos que le permita ejercer cerca de su casa. Se ilusionará con los aprendizajes de muchos de sus alumnos y alumnas que de vez en cuando le sorprenderán cuando de pronto asimilen esas cuentas, esos conceptos que tantos se les resistían. Tendrá que aguantarse la risa con alguna impertinencia graciosa de algún chaval o chavala. Recibirá el apoyo de algunos padres y el ninguneo y la incomprensión de otros. Pero será feliz siempre que se encuentre algún antiguo alumno o alumna que salga adelante y la mire con los ojos lleno de cariño. Miguel estará un tiempo en la hamburguesería, hasta que consiga entrar en algún estudio donde trabajará gratis, o casi gratis, de ayudante. Con el paso del tiempo tendrá el suyo propio y ganará mucho dinero. Se comprarán un terreno y Miguel diseñará la casa de los sueños de Ana. Pero ¿ y Manuel? ...