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 Experiencias vividas durante la República

Memoria Rehecha
Fernando Ayala Vicente Enviar mensaje

MEMORIA REHECHA
Antonio no dormía. Cerraba los ojos y recordaba. Añoraba aquellos ilusionantes años. Tan cercanos pero que en tan poco tiempo le habían envejecido. Evocaba los meses del invierno del 30/31, siendo poco más que un mozalbete, cuando, de la mano, del Doctor Salgado y del dueño de la imprenta Domínguez, hablaban y hablaban de los nuevos tiempos. Y llegaron con las últimas briznas del invierno. Pero ahora estaba allí. Sólo. Escondido. Esperando los breves lapsos en los que su mujer o su madre se acercaban a traerle comida o un periódico. Velas para ver. Noticias de fuera. Todos creían que había muerto. Algunos pensaron que estaba huido.
Así se consumía día tras día. Mes a mes. Año a año. Como un topo. Bajo la estrechez de aquel mísero desván. Sin salida posible. Aterrorizado ante cualquier ruido que no identificase.
Apenas le quedaba la memoria. Ya habían transcurrido casi 20 años de “aquello”. Entonces, Antonio fue uno de los que se encaramó al balcón del Ayuntamiento. Fue de los que orgulloso desfiló por la Gran Vía. Fue, en definitiva, de los que lloró cuando supo que los ideales también se cumplían. Que las viejas letras de sus pasquines podían ejecutarse en la rutinaria realidad en la que habían devenido sus sueños.
Era ¡la República! y, había advenido para todos. Nadie la ensombreció en sus primeros pasos. Parecía una fiesta. Pero, poco a poco los hechos demostrarían cuán difícil iba a ser mantener la expectativa del cambio.
Y en estas historias de su intramundo ocupaba ahora las horas. Le decían que habían capturado a los últimos maquis. Que Hitler había sido derrotado, pero que en España, los aliados ( sí, las potencias presuntamente amigas, democráticas, las mismas que les habían abandonado a su suerte en 1939) seguían sin decidirse a intervenir ( ¡Vaya disgusto y cuánta esperanza desvanecida!). Y lo que más le dolió fue escuchar los rumores sobre el embarazo de Rosa, su esposa, y más tarde el nacimiento de Fídel, su primogénito, y único hijo. La gente murmuraba que, faltando Antonio, a Rosa no le quedó más remedio que “encariñarse” con un soldado italiano que finalmente la dejó preñada, y lo que es peor, abandonada. Nadie podía suponer que el germen de esa vida había sido gestada en un rápido y apasionado encuentro en ese desolado reducto de madera en el que se desenvolvía su reducido y constreñido espacio vital.
Eran momentos en los que todo parecía venirse abajo. ¿Por qué le había pasado esto? se preguntaba. Podría haber derivado su angustia a imaginar otra fugaz realidad: Rosa y Antonio paseando felices. Él, personaje conocido en la ciudad. Había pasado de ser una promesa política, a ocupar cargos de responsabilidad. Primero en el Sindicato. Luego en el Partido. Más tarde en las instituciones municipales. Era respetado. Y querido. La gente le saludaba. Le paraba. Denotaba incluso hasta cariño cuando le preguntaban o le solicitaban. Eran, en definitiva otros tiempos.
Tiempos en los que las circunstancias le habían obligado a endurecerse. A blindarse con una costra que resistiera los ataques de sus propios compañeros. De momento, todo parecía irse torciendo. Primero aguantar a los “carcas”. Aquellos caciques que no se daban cuenta que estaban en una etapa diferente, innovadora, expectante. Que habían perdido sus seculares privilegios. ¡Que había llegado la democracia!
Intentaron torpedearla apoyando el levantamiento de Sanjurjo, en agosto de 1932 para, pescando en río revuelto, organizar algaradas. Más tarde se oponían a todas las medidas reformadoras de los Gobiernos de Azaña: en los campos no dejaban trabajar a los obreros asociados. En las obras municipales no querían colaborar. En la prensa, una y otra vez nos denigraban.
Pero, en 1950 las tristes patatas con algo más que agua eran suficientes para volver a poner a Antonio en su sitio. Eran la consecuencia de aquel preludio que le comentara, un día Andrés el sastre: “ mira, amigo, si nos desalojan del Poder todo aquello por lo que hemos luchado se vendrá abajo”. Rememoraba esta sentencia y reconocía, ¡cuán ingenuo había sido! al contestar que nó. Que era también necesario aceptar la llegada de los “otros”. Que en la alternancia estaba el saneamiento de las reglas del juego. Que el pueblo reconocería si se estaban equivocando y, si era preciso, les castigaría, obligándoles a rectificar.
Por eso todo cambió tras noviembre de 1933. Victoriosas las derechas se inició una escalada de desestabilización. Por un lado las reformas se paralizaron y/o se anularon. Por otro surgían, cada vez con más frecuencia grupos violentos, de unas y otras tendencias y se sucedían los enfrentamientos directos, y en más ocasiones de las deseadas, sangrientos. Ya no eran noticias las tragedias. Empezaba a ser habitual el drama. Hubo revueltas, huelgas generales, revoluciones… Y la alegría se iba difuminando.
Para culminar el despropósito se acentuaban las divisiones internas. Las charlas en la taberna., las amistosas discusiones en la farmacia, las tertulias en la sede, se habían truncado en ásperas trifulcas. En insultos personales. En persecuciones sectarias. En enfrentamientos que originaban fracturas.
Esta mañana iba a ser diferente. El permanente frío que estaba minando su salud le mantenía sorprendentemente sereno. Rosa, le acercó, como casi todos los días un exiguo desayuno, pero, esta vez, traía algo más que el poquito de archicoria y el pan migado: traía noticias. Buenas nuevas. Decían en la calle que se iba a permitir la salida y la llegada de aquellos que no tuvieran “delitos de sangre”. Que no había por qué esconderse más. Que las cosas estaban cambiando. Su primo Enrique se había ido a informar con un policía municipal amigo suyo. Y con la voz entrecortada lo contaba. Pero Antonio desconfiaba. Era mucho tiempo allí resguardado, ahora bien, al menos estaba a salvo. Sabía lo que le había sucedido a otros. Le llegaban rumores de torturas, de “paseos”, de palizas. Su propia familia las había sufrido. Después de largos minutos de reflexión tomó una decisión: saldría.
Fue de manera inmediata al cuartel de la Guardia Civil. Allí, muchos se acordaban de él. Le inquirieron, “pero hombre, ¿qué temías?”. Parecían, de momento buenas palabras. Tuvo que firmar algunos papeles, y enseguida, comprendió cual era la nueva situación: libertad, sí, pero estrechamente vigilado. Perennemente controlado. Sin posibilidad de abrirse hueco en su anterior trabajo, y mucho menos en este ruin clima político, no podría, ni quería, abrigar la más mínima inquietud de acercarse a la preocupación por la cosa pública.
Con mucho esfuerzo Rosa y Antonio montaron un pequeño bar. Al principio eran la comidilla de los vecinos. Pasaron varias semanas en las que tuvo que contar pormenorizadamente lo que había hecho. Luego se autoimpuso el silencio. Sólo cabía esperar el paso del tiempo que perezosamente se esforzaba en alargar su monotonía. Todavía le quedaba aguantar rémoras de su pasado. Así, cuando su Excelencia decidía pasar por su ciudad o alrededores, recibía, en los días previos, la visita de la policía, que sin más preguntas le conminaba a ir con ellos a los calabozos donde, en su status de peligroso delincuente político, tenía que permanecer hasta que el Dictador o cualquier preboste del Régimen se marchase.
Vuelta a empezar, entonces resucitaban en su mente las imágenes con las que había ido entretelando el discurrir de las horas en su antigua “topera”. El borroso instante en el que los compañeros le alarmaron durante el verano del 36. La situación se había tornado muy fea. Pese a que habían ganado las elecciones, la dinámica de los acontecimientos se aceleraba. Se iba culminando esa espesa alquimia de ingredientes acumulados. Cuando no había un encontronazo con los fascistas, le informaban en su despacho de una tumulturaria invasión de fincas. La polarización de su sociedad, de sus amigos, de sus conocidos, se extremaba. Y llegó el golpe. Y comenzaron las inmediatas fugas, la huida ante la rápida toma del poder de la ciudad por los insurgentes. Ya ninguno de los suyos estaba seguro. Unos optaron por pasarse a la otra zona. Otros por, abandonando a sus familias, se echaron al monte. Él no quería temer. No había hecho nada. Era un buen hombre: querido, apreciado, con amistades incluso entre sus adversarios. Sin embargo pronto comprendió la dimensión de la tragedia: mataron a Perico, su hermano, alegando que había huido al pretender las fuerzas del orden, tomarle declaración. En la cárcel estaban un buen número de las élites de los partidos de izquierda, incluidos notables republicanos, muy conocidos en la ciudad. Y nada bueno se auguraba. Fue entonces cuando tomó la decisión de quedarse con Rosa. En su casa. Oculto.
Enseguida se corrió la voz de que había huido. Algunos insinuaron que estaba muerto. Incluso se llegó a rumorear que su cadáver estaría en el fondo del río o enterrado en las fincas próximas. Y eso duele. Como le estremeció escuchar los lamentos de su madre, de su tía, de sus vecinos, al quedarse embarazada Rosa, de aquel presunto soldado italiano. Y como la tensión oscurecía el ambiente doméstico cada tarde.
Salía, pues de la cárcel una y otra vez. Y aunque parecía que nada cambiaba, no era cierto. Ya podía a finales de los 60 hablar, eso sí mirando a todas partes, con aquellos jóvenes estudiantes, que venidos de Salamanca, Madrid o Sevilla, le comentaban la renacida pasión que él había vivido casi 30 años antes. La clandestinidad. El tener un motivo por el que luchar. El ideal. La presente utopía. Y entre cervezas, cánticos, lecturas prohibidas, se iba enterando de que, de nuevo, algo se estaba moviendo. Lógicamente la información oficial lo ignoraba, cuando no despectivamente lo desprestigiaba, sin embargo, en su fuero interno, aprehendía la machacona buena nueva.
No quería ser un héroe. Tampoco el abuelito que les cuenta historias de otras guerras. Historias, por otra parte, al final siempre de perdedores. Quería y lo estaba consiguiendo, rejuvenecer. Volver a vivir. Saber que hay otros mundos. Y que estaban cerca.
Rosa le respetaba, pero trataba de calmarlo. Con Fidel siempre habían tratado de evitar las referencias al pasado. Estaban camino de otra transición y, como siempre, los sucesos se irían precipitando.
Paulatinamente observaba cómo la gente le volvía a interpelar sobre antiguos pleitos. Se echaba la vista atrás y salían a relucir actuaciones de la otra época: aquella avenida que inauguramos, la estatua del poeta en el parque, las obras públicas, la escuela…
Muerto el Dictador no parecía que todo estuviera desatado. Las dudas eran muchas. A veces, el aire era muy similar al de la primavera del 36. Muchos grupos enfrentados. Mucha pasión extrapolada. Mucha sinrazón. Al mismo tiempo, también se veían otros semblantes, fantasías en marcha, música, concentraciones, la calle, la gente…
La referencia eran los grandes núcleos de población. Y el transistor que irradiaba una y otra vez continuos mensajes de cambio. Diariamente se marcaban objetivos. Todo el mundo parecía volver a entender y a hablar de política. La anestesia, más bien la amnesia había desaparecido.
Leyes, Asociaciones, Constitución, mítines, manifestaciones… En otro orden, inestabilidad, terrorismo, miedo al devenir, militares y prohombres del Antiguo Régimen… No era capaz Antonio de sospechar el horizonte final, aunque se presentaba infinitamente mejor que del que acababa de escapar.
Surgen las primeras elecciones, Rosa se entusiasma en los preparativos. Vuelven a la sede local del Partido, hombres y mujeres nuevos, algunos curtidos en fábricas de la capital, en la Universidad, en empresas de la ciudad. Otros herederos y sucesores de antiguos compañeros que purgaban ya añejas cuitas familiares. Y, algunos, pocos, de la vieja guardia. Respetados. Santones. Consultados.
Ahora la iniciativa la llevaban enérgicos militantes curtidos en la batalla de la no existencia. Eran los de los seudónimos. Uno venía de Francia. Otro de Barcelona. Aquel deportado a un pequeño pueblo extremeño. Y ellos: los que permanecieron, ocultos, amargados, despreciados por muchos vecinos…
¡Qué miedo pasó el 23 de febrero de 1981! Una vez más el dilema de la fuga. De nuevo la discusión en la mesa camilla si quedarse, si ocultarse, si marcharse de la ciudad, aunque sólo sea temporalmente. Algunos compañeros tenían preparado un “viaje” a Portugal. Los más atrevidos insinuaban organizar la resistencia. En fin, otra vez el olor del verano del 36.
Pasado aquel susto llegó octubre de 1982. Los meses previos se detectaba el aroma del momento. De su momento. Del de los suyos. Del de los más de 40 años postergado. Los actos a los que acudían eran multitudinarios. Los jóvenes bramían ansias de cambio. Las mujeres recuperaban protagonismo público. Los mayores, los veteranos eran aclamados entre emotivos y múltiples aplausos.
Todos leían: discursos, panfletos, prensa, octavillas, programas… La imagen estereotipaba la cultura partidista. La megafonía inundaba los espacios.
Aquella noche, ya de madrugada, junto a Rosa y Fidel, lloró. Y calló. Y estalló. Se había acabado. Entramos en una nueva etapa. La memoria se rehacía. Se componía, como cuando pasan por delante una sucesión de sonidos e iconos de otros tiempos. Gobernará Felipe.
Fernando Ayala Vicente

 


Comentarios
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Viernes, 08 de Enero de 2010
Parece imposible leyendo todos estos relatos que hayamos sido capaces de soportar esta inhumana situación como pueblo, esta aridez, tanto espiritual, como cultural. Y después de transcurridos más de treinta años, comprobamos día a día, la necesidad de sembrar respeto a la pluralidad de pensamiento político, la urgencia en ver no sólo UNA España, sino todas las Españas que conforman su historia. Me ha gustado mucho esa esperanza, ese grito de alegría, que todos sentimos aquel...¡Gobernará Felipe!
Alicia Cora Ramos
 
Domingo, 10 de Enero de 2010
Un relato que no deve perderse en el tiempo ,la memoria historica hace que no caigamos de nuevo en el mismo saco , los jovenes de hoy tendran en estos relatos una manera de actuar y otra de sobrevivir , que les parecera imposible , para los de mi qinta,nacidos en el 75 caen muy lejos estos acontecimientos y para los nacidos cercanos a estas fechas , mas aún , pero el recuerdo de historias como las de Fernando , realizara el no dificil trasvase de los años 30 a nuestros dias.
Carlos Méndez Olivero
 

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