

Experiencias durante la Guerra Civil Española
1er. Premio
Siendo niña
Siendo niña Y allí mismo me atraparon… Allí. Yo gritaba. Gritaba fuerte, enérgicamente. Ellos se reían. Algunos miraban; otros apartaban su mirada. Y no hacían nada más. Ninguna palabra se abría paso entre sus labios. Los instintos animales se volvían actos domesticados, enterrados bajo la apariencia de quién concibe como tal la realidad en la que se encuentra. Índice acusador tras de mí. Índice burlón, consciente de lo que iba a suceder. Parásito de aquellos que, como yo, manteníamos nuestros ideales, nuestra forma de sentir. Porque éramos pobres, no teníamos ni un duro, y tan sólo venían a robarnos, a quitarnos lo poco que teníamos. Y con esto también se llevaban nuestra dignidad, nuestra decencia. ¿Qué importaba ya cuando las palabras amenazantes eran más que estúpidas burlas? Allí me atraparon. Sí. En la calle. Donde estaban casi todos los del pueblo. Benito, el herrero. Tucho, mi vecino. Manoel, el de la casa de piedra con hórreo de dobles pies. Hasta la nieta de Herminia, que no era más que una niña, que no era menos que yo. En el medio de la calle me vieron. Aquella calle donde se respiraba el miedo escondido entre las arrugas, bajo las sucias uñas de tanto cavar una tierra que obedecía a nuevos dueños proclamados por la gracia del Señor. ¿Pero qué Señor era ése que tal permitía…? Justo aquí me atraparon. Sí, aquí, justo donde ahora tengo los pies. Presa me llevaron, mi niña, presa. En dirección a los viejos juzgados. Allá, en lo alto del pueblo. Sabiendo lo que iba a ocurrir, no callaba, no. Yo gritaba más fuerte si cabe. Los testigos también lo sabían pero ellos enmudecían. Eran mis gritos los que dirigían la procesión que me arrastraba, quebrando el silencio recluido tras las puertas de los vecinos, unos vecinos desconocidos para mis ojos en aquel momento. No los conocía. No quería conocerlos por dejarme sola, por mostrarme su nuca, uno a uno, a cada obligado paso que yo daba. Dijeron que luchaba como un hombre, empleando uñas y dientes. Eso dijeron. ¡Qué más daba ser hombre o mujer! “Lo que no soy es cobarde”, les dije, “y si para defenderme tengo que ser hombre, seré lo que haga falta”. Se rieron. Ironizaron mis palabras y lo primero que hicieron fue buscar en mí esa apariencia de hombre. Me arrebataron algunas ropas. Me arrancaron entre espesas matas de mi oscuro cabello el paño que acostumbraba llevar. Cogieron luego unas tijeras de barbero. Y, al son de sus carcajadas fueron cortando mis largos cabellos. Mis inocentes cabellos de niña. Trasquilándome, como si de una oveja se tratase. Tan solo era un animal ante sus ojos; lana de oveja, carne de vaca, veneno de una serpiente que quemaba en mi garganta y los salpicaba dando en el centro de la diana, en la niña de sus ojos. Fueron a buscar una cuerda, una cuerda de amarre. Y el nogal del patio de los juzgados les sirvió a modo de cabo para inmovilizarme en su groso tronco henchido de dolor, ensangrentado ya. Olía a la violencia del día anterior; olía a la violencia del día después. Los golpes se sucedieron… Mientras yo rezaba para que mi madre rezara por mí. “¡Ay, Dios mío!, ¡Ay, Dios mío!”, lloraba yo por lo bajo, lloraba yo conmigo misma, sin nadie que quisiera escuchar mis lamentos y viniese a ofrecerme una palabra de consuelo, una mirada de desahogo. Sin embargo, los golpes continuaban. Y continuaban… Y… De pronto pararon. Pero parecía que el dolor físico no era suficiente para ellos. Buscaban más. Buscaban la humillación. Mi degradación como persona. Ante sus ojos yo tan solo era un animal… Me sellaron con tres letras, las letras de la derrota. Con sangre frío escribieron UHP en mi frente. Sangre frío que a mí me hervía y me gangrenaba toda la piel, tersa por las horas pasadas sin levantar la mirada de la tierra fértil, sin mirar siquiera hacia el refulgente Sol de junio. Un Sol de intensos rayos que me quemaban la piel, que secaban mi sangre derramado. Y mi estómago no dejaba de fabricar bramidos que me derrotaban. “Cerdos”… Pero su única respuesta eran escarnios uno tras otro, y en el descanso, tan sólo recibía escupitajos que se me clavaban uno a uno, confundiéndose con las pocas lágrimas que no pude evitar que escapasen mejilla abajo. “Cabrones”… “Cerdos”… “Hijos de…” Me dejaron. Los gritos se marcharon hacia adentro, al interior del juzgado… Me desataron. Agotada, caí al suelo. Y sentí que mis rodillas se fracturaban al hincarse en la tierra revuelta por cien pisadas. Las manos se fundieron. Pero regresaron. Y una patada en la espalda sirvió para que doblegase más todavía ante ellos. Los miré con cara de asco. “Cerdos”… “Cabrones”… “Hijos de puta”… “Hijos de puta”… De nuevo otra patada para ponerme “Cara el Sol”. Luego me levantaron. Pero yo ya no tenía de donde sacar las fuerzas para ponerme en pie. Y arrastrada por esa tierra que me había visto llegar entera, íntegra, fui llevada de nuevo a la calle. Allí estaba una cara que yo, pese a todo, reconocía. Era Chano, primo de mi madre. Me obligaron a andar. No podía. No era capaz. A empujones me llevaban. Rapada. Golpeada. Ensangrentada. Agotada. Convertida en un cartel andante de la humillación. UHP. “Uníos Hermanos Proletarios”. UHP. Delante iba Chano. Con lágrimas de vergüenza por delante. Golpeado y forzado a ir de tamborilero en esa marcha denigrante. Pidiendo ayuda en silencio, con la retina ahogada pero penetrante. Fue el día de mi humillación. Fue el día en que mi inocencia fue desterrada. Y yo solo me repito que quería ser niña, que quería jugar, pero ya nunca más pude volver a jugar, mi niña, nunca más. (…) Y regresé de nuevo a aquel sitio. Allí mismo. Dónde me atraparon. Pero mis piernas ya no eran capaces de patalear siquiera y luchar contra el mismo aire. Mis piernas ya no eran capaces de huir. Cuando regresé, tampoco había ya de quien huir… Únicamente aquel tronco henchido de dolor. El nogal que todavía seguía en pie.
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