

Experiencias vividas durante la República
Simpatizantes
SIMPATIZANTES
Tras la correspondiente sorpresa, todo el mundo se hizo igual pregunta: ¿quién era aquel anónimo benefactor?, ¿qué le había movido a legar a la Casa del Pueblo tan importante cantidad? Pues Cesáreo del Cerro era un industrial vallecano de 78 años, viudo y sin descendencia directa, que de modesto zapatero había llegado a poseer un floreciente negocio de curtidos, manteniendo a la vez una excelente revista técnica. No se le conocía relación alguna con los responsables de la Casa del Pueblo, pero daban buena prueba de su elevado sentido social las excelentes relaciones que mantenía con los centenares de obreros que trabajaban en sus talleres. La lectura del testamento permitió conocer la cantidad total legada: 669.000 pesetas en acciones del Banco de España, y otras 330.000, valoración del edificio número 20 de la calle de Carranza. El objeto de tan generosa donación fue el deseo del zapatero de beneficiar a los hijos de los obreros madrileños con una escuela de primera enseñanza en la que, niños y niñas, recibieran instrucción, vestido y alimento. Ni que decir tiene que los principales dirigentes de las sociedades obre-ras que constituían la Casa del Pueblo poco tardaron en organizar el soporte jurídico-administrativo que posibilitase la creación de la correspondiente Fun-dación gestora del legado. Quedó constituido un Patronato que presidió Julián Besteiro y el mismo Pablo Iglesias, muy enfermo ya y retirado, de hecho, de las responsabilidades directas de la vida de la organización. Pero el clima del año 1916 no era el más adecuado para trabajar en tan atractivo proyecto. La guerra europea y la crítica situación que vivía el proleta-riado español, obligaban a los responsables sindicales y políticos a dedicar to-dos sus esfuerzos en la lucha contra la escasez de trabajo, así como la cre-ciente carrera de precios que sufrían los que aún recibían un mísero jornal. El inmediato fracaso de la huelga revolucionaria de 1917 llevó a prisión a los prin-cipales dirigentes, mientras eran clausurados prensa y locales. Estas circunstancias políticas, unidas a las trabas burocráticas impues-tas por el Ministerio de Instrucción Pública, retrasaron la actividad de la Funda-ción durante algunos años. Solventadas éstas, y a pesar de la muerte de Igle-sias y del largo proceso escisionista de la Tercera Internacional, se adquirió una finca de 22.000 metros cuadrados, cerca de Cuatro Caminos, en la prolon-gación de la calle Teruel y su confluencia con la de Orense. Contaba con una edificación de 120 metros, otra de unos 80, un estanque y una serie de elemen-tos ideales para el pretendido fin pedagógico de educación al aire libre, según el modelo implantado por la prestigiosa Institución Libre de Enseñanza. Realizadas las necesarias obras de remodelación y los correspondientes procesos de selección, tanto de personal docente y laboral como de alumnado, la Escuela Fundacional Cesáreo del Cerro quedó inaugurada el 1 de julio de 1928, coincidiendo con las sesiones del XII Congreso del partido. Carmen Gar-cía Moreno, experimentada profesora de escuelas obreras, dirigió el centro que formó cada curso a 10 niños y otras tantas niñas, hijos e hijas de afiliados a las sociedades obreras. Su permanencia era de 3 años, admitiéndoseles de entre 3 y 4 de edad, para salir con 6 ó 7, gestionándose su ingreso en el colegio pú-blico Jaime Vera, de la próxima calle Bravo Murillo. El régimen de estancia era de “medio pupilaje”, permaneciendo los niños en el centro durante todo el día para pernoctar en sus domicilios. El juego fue una parte importante del sistema pedagógico practicado. Las enseñanzas de lectura, escritura y lenguaje se combinaban con sencillos ejercicios de cálculo, prácticas de educación física, contactos con el mundo animal o agrícola y nociones de geografía, dibujo, mú-sica y trabajos manuales. Para la realización de sus actividades en la Escuela, se les facilitaba a los niños un equipo de calzado y vestido que conservaba el centro. Tomaban allí desayuno, comida y merienda, siendo muchos de los pro-ductos agropecuarios utilizados procedentes de la propia huerta o animales del centro, que los propios niños aprendían a cuidar. Un servicio médico se encar-gaba de su vigilancia sanitaria e higiene escolar. En los nueve años que duró la vida del “vivero infantil”, como le gustaba llamarlo a Julián Besteiro, 300 niños recibieron sus enseñanzas, hasta que la guerra civil acabó con tan interesante experiencia. Junto con la escuela infantil, y con intención de mantener el vínculo de los ex alumnos con el centro, la Fundación creó un centro cultural, con su co-rrespondiente biblioteca, al que tenía acceso cualquier trabajador madrileño. Editó alguna obra de interés de política obrera y concedió becas para militantes destacados. El edificio de Carranza número 20 requirió la realización de una serie de obras de reparación. Una vez llevadas a cabo, y superadas las mencionadas dificultades políticas y burocráticas, fue destinado a sede de la dirección del partido y redacción de El Socialista. Precisamente "Madrid. Carranza, 20" fue el título de una serie de estampas de la guerra civil que Julián Zugazagoitia publi-có en su desafortunadamente corto exilio parisino, con el título de la dirección en la que había redactado y dirigido el periódico durante unos 15 años. El franquismo liquidó los bienes de la Fundación, de acuerdo con la nue-va legalidad. La vuelta a la normalidad democrática, posibilitó que partido y sin-dicato reclamaran su recuperación como parte del patrimonio histórico incauta-do, que aún tienen pendiente de recibir. Pero el recuerdo de aquella importante donación y la magnífica obra educativa llevada a cabo a partir de ella, nos pue-de servir tanto para constatar la tradicional existencia de simpatizantes alrede-dor de nuestra organización, como para apreciar la intensidad de su “simpatía”. ¡Cuántos simpatizantes así nos harían falta...! |
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