

Experiencias en Democracia hasta el año 2000
3er. Premio
Tres pasiones compartidas
Tres pasiones compartidas Corría el año 1976. Tras una peripecia vital muy común en la Navarra de la época – familia humilde, estudios en un colegio religioso, licenciatura en Historia en la Universidad de Zaragoza, ya que el acceso a la Universidad del Opus en Pamplona no era ni fácil, ni barato ni en muchos casos deseable- , acababa de incorporarme como primer profesor titular al recién inaugurado Instituto de Bachillerato de Estella. Atrás habían quedado unos años universitarios más preocupados por los resultados académicos, ya que la beca me resultaba indispensable para poder seguir estudios, que por las algaradas políticas o la lucha por la libertad de las que participaba solamente a prudente distancia. La alegría de mi licenciatura, era el primer universitario en mi familia, se vio empañada por una noticia inesperada. La suerte me había sido esquiva y, tras no poder enrolarme en las milicias universitarias –la razón aducida fue la falta de espíritu militar- el sorteo de la mili me deparó un destino indeseado, Ceuta, al otro lado del estrecho de Gibraltar. Mi ascenso a cabo primero me permitió pasar largas horas de las tardes y los fines de semana encerrado en mi oficina, con mi infiernillo camuflado para calentar la leche y el nescafé, preparando mis oposiciones de bachillerato y ayudando a sobrellevar una etapa gris y plomiza donde la reflexión era sustituida por el ordeno y mando, y la inteligencia por las estrellas del hombro o la bocamanga. Porque los tiempos no fueron fáciles. La muerte de Franco, escuchada de madrugada mientras hacía guardia en el monte Hacho, o los preparativos de combate para hacer frente a la “marcha verde” lanzada por Hassan II contra El Sáhara, son algunos de ellos. Pero recuerdo sobre todo, el lento y cansino discurrir de los días sin sentido, viendo desde mi ventana el ir y venir del barco –“la paloma”, lo apodábamos-, que traía mercancías y pasajeros desde la Península. Y junto a ello, el lado positivo. Los soldados, venidos de las cuatro puntos cardinales, llenos de pasión juvenil, amorosa y hasta militar en algunos de ellos. Y también algunos jefes: aquel brigada comprensivo, el joven y complaciente teniente de complemento, e incluso la figura del general Gutierrez Mellado, entonces comandante militar de la plaza, visitándonos en Nochebuena. La plaza en el instituto fue el comienzo de una de mis tres pasiones, la enseñanza. De la segunda, mi familia, no hablaré. A la tercera, la política, dedicaré el resto del relato. Las clases de historia de España y de historia del mundo contemporáneo me ayudaron a sumergirme en la nueva etapa que se abría en España con el ímpetu, el brío y la pasión juvenil que no les había dedicado en mi etapa universitaria. Todavía recuerdo el fervor de los mítines vividos en la campaña electoral de 1977 en Los Arcos, mi pueblo. Fue la primera vez que deposité en la urna el voto para el PSOE ¡Y eso que Tierno y su partido me resultaban especialmente atractivos!. Pero la personalidad arrolladora de Felipe, al que escuché en sendos mítines en Estella y Pamplona acabó por decantar el sentido de mi voto. En su verbo encendido, su vehemencia controlada y sus propuestas modernizadoras se anunciaba ya un prometedor futuro. Apenas año y medio después, mi compromiso ciudadano, manifestado en el voto, dio un salto cualitativo. Sin saber exactamente por qué, fui invitado a formar parte de la lista del PSOE al Parlamento de Navarra por la merindad de Estella. El cuarto puesto de la lista, que en ningún caso tenía perspectivas de salida, no impidió que me implicara hasta el fondo. En mi R7 verde me recorrí todos los rincones de la merindad, con los altavoces a pleno volumen, pregonando los principios de un programa apenas digerido e interiorizado. Allí comencé a probar el complejo mundo de la acción política: las preguntas incómodas tras el mitin – la primera fue, ¡quién me lo iba a decir! una interpelación sobre el aborto-; el sectarismo de los violentos –por dos veces tuvimos que salir por piernas de sendos mítines porque venían a por nosotros-; y, sobre todo, el cariño de afiliados, simpatizantes y ciudadanía. Una campaña electoral, en definitiva, que fue un master acelerado en teoría y acción política y que me exigió lanzarme a la piscina sin saber si había agua dentro. La victoria del 28 de octubre de 1982 difícilmente se borrará de mi mente. Como tampoco la llamada, pocos meses más tarde, de los responsables del partido en Navarra para pedirme que me hiciera cargo de la Dirección Provincial del Ministerio de Educación en Navarra. Era consciente de mi responsabilidad y, empujado más por mis ansias que por mis conocimientos, acepté el reto. El día 4 de febrero de 1983 cumplía 32 años y el BOE, rubricado por Felipe González y José María Maravall, publicaba mi nombramiento. Fueron meses especialmente intensos. Yo era consciente de que el mundo educativo esperaba un cambio en las formas y en el fondo. Y que ese cambio lo debía de ejemplificar yo con mi trabajo, actividad y cercanía. Los retos no eran menores: la integración del euskera en la enseñanza, que a veces me impedía conciliar el sueño, las nuevas necesidades de escolarización, la democratización de los centros escolares. Maduro ya para una militancia de vocación tardía, di el paso de afiliarme aprovechando una circunstancia favorable. Lo hice el día anterior al referéndum de la OTAN, mostrando así mi apoyo al partido en un momento especialmente delicado. Pero quien había ostentado responsabilidades externas, debía de aceptar trabajos internos en el seno de la organización. Y pese al mal momento del partido, acepté la secretaría de educación en una etapa, que yo quería nueva y distinta. No fue posible y presenté mi dimisión, discreta y razonadamente, continuando con la responsabilidad de la Alta Inspección que se me había encomendado. La pérdida de las elecciones en 1995 por parte de nuestro partido coincidió con mi vuelta a mi trabajo como profesor en el instituto de Estella. El regreso al trabajo profesional, doce años después, no fue fácil, pero fue una decisión consciente, acertada y perfectamente asumida. Una actitud, señalo de paso, que debía de ser la regla y no la excepción en el quehacer de nuestro partido. La legitimidad, reiterarlo no es ocioso, no la da el puesto político que ocupas, sino tu compromiso con los ideales socialistas en el trabajo ordinario que puedas desempeñar, sea éste en el tajo, la oficina o el ámbito docente. Pero nuestro partido es una institución democrática, en la que el poder lo ostenta quien gana los congresos pertinentes y lo lidera quien cuenta con la confianza mayoritaria de la afiliación. Y esta no fue mi etapa. Discrepante con la línea política oficial imperante en Navarra, no quise dejar de aportar mi visión crítica en el órgano adecuado para ello. Durante ocho años, asistí a todos los Comités Regionales y en todos manifesté mi opinión personal sobre los temas objeto de debate. Confieso que fui escuchado con atención, pero igualmente debo de señalar que no se me hizo mucho caso. Era, sin duda, mi tarea, pero no era mi hora. Esta llegó de nuevo en el año 2003. Un congreso muy duro y disputado eligió por escaso margen como nuevo secretario general al malogrado Carlos Chivite. Fui propuesto como presidente del partido y aquí continúo en la actualidad. Para mí la presidencia tiene una gran responsabilidad. No tiene especiales trabajos ejecutivos, pero la responsabilidad moral es grande y es preciso estar a la altura de las circunstancias. Presidir y dirigir las reuniones internas, moderar los debates, ayudar al secretario general a conformar criterio y opinión sobre los temas, y ser, en la medida de lo posible, una referencia moral y ética, son algunas de mis actuales preocupaciones. Mi responsabilidad añadida de portavoz de cultura y turismo en el Parlamento de Navarra y, de nuevo, mi dedicación exclusiva a la actividad política, me permiten compaginar una tarea en la que me siento cómodo y útil. No estoy para protagonizar, ya lo hice en el pasado, sino para ayudar. Por edad y convicción creí necesario dejar paso a la siguiente generación en las principales responsabilidades ejecutivas y en ello me ratifico. Pero, aunque tarde, yo me hice socialista de por vida. Y estaré siempre al servicio de un partido que me ha permitido trabajar para mejorar las condiciones de vida de toda la ciudadanía, en especial de los que menos tienen. Sólo espero seguir haciéndolo con esfuerzo y con honestidad. Es lo que me pidieron mis padres, lo que yo prometí a mis hijos, y lo que me demanda y recuerda cada día desde el modesto despacho de nuestra sede el fundador de nuestro partido, Pablo Iglesias.
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